¿Por qué temo decirte quién soy?, de John Powell, s.j.

…nadie puede crecer en libertad y vivir en plenitud sin sentirse comprendido al menos por una persona…

Paul Tournier, psiquiatra y escritor.

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Día a día compartimos decenas de cosas insustanciales, pero no es lo único que tenemos que comunicar “tú puedes decirme quién eres tú, del mismo modo que yo puedo decirte quién soy yo”.

Pero ser persona no es algo estático, sino un proceso dinámico. Hoy no soy el de ayer y mañana no seré el de hoy. A pesar de admitir todo esto, la mayoría de las veces nos da miedo decir quiénes somos. Pero, ¿por qué?.

“Temo decirte quién soy, porque, si yo te digo quién soy, puede que no te guste cómo soy, y eso es todo lo que tengo”

Pero este miedo nos impide avanzar, y por tanto lograr felicidad e incluso amor.

La identidad real es algo que casi siempre llevamos bajo una máscara y no debemos extrañarnos porque es un reflejo natural; es parte de la condición humana. Aunque creamos que llega un momento de estabilidad total, esa creencia es falsa, o al menos no del todo verdadera ya que “nuestros estados del ego” fluctúan constantemente en función de las circunstancias.

Lo que somos se va forjando a través de la “programación” social e individual. El ser humano, plenamente humano, se libera gradualmente de su programación y se convierte en dueño de su vida, en actor de su obra.

En ocasiones recurrimos, para relacionarnos con los demás diversos “juegos”, es decir, maniobras, escudos, que llevamos cuando salimos a participar de la lucha de la vida. El problema de la supervivencia del yo a partir de este juego es la perdida del autoconocimiento y de la relación sincera con los demás.

Nos movemos en un constante cúmulo de “juegos”, de relaciones controladas por los “escudos”. “No es fácil ser honrado consigo mismo porque para ello hay que permitir que las emociones reprimidas puedan ser reconocidas como tales, y ello, a su vez, exige relatar dichas emociones a las demás”.

El libro que tenemos entre manos analiza todos los roles que podemos tener para “ocultar nuestra condición”: el egocéntrico, el frágil, el payaso, el fanfarr´pn, el hedonista, el intelectual, etc.

Pero el desvelamiento del ser-yo-mismo requiere sinceridad. Requiere de una aletheia que responde no solo a quién soy, sino quién quiero llegar a ser.

Maslow afirma que la persona plenamente humana mantiene un equilibrio entre interioridad y exterioridad. Ir de un extremo a otro es desequilibrio y falta de profundidad, pero como dijo Sócrates -o así escribe Platón en la Apología– “una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”.

Esto requiere una auto-aceptación: sentirnos a gusto con el cuerpo, con los sentimientos y emociones (positivas y  negativas), con los impulsos, los pensamiento y los deseos. Además debemos estar abiertos a nuevas sensaciones, pensamientos y deseos. Hay que aceptar el necesario cambio, el devenir -que diría Nietzsche-, porque lo que seremos es algo desconocido en lo que hay que adentrarse. El yo es siempre algo en potencia pero realista en sus limitaciones. Ese yo, ya lo hemos dicho, no necesita solo de la interioridad sino de la exterioridad, de estar-con-el-otro y ser-en-el-otro. Sufrir con los que sufren, alegrarse con los que están alegres… Empatizar, al fin y al cabo.

Martin Heidegger señala dos obstáculos que frenan este crecimiento del que hablamos, y en el que se centra la obra que comentamos:  1) contentarse con lo que hay y 2) la actividad desasosegada de quien busca algo más.

El resultado, elijamos uno o elijamos dos, es el enajenamiento. “En el amor debemos poseer y saborear lo que hay y, al mismo tiempo, aspirar a poseer (amar) más plenamente el bien. Este es el equilibrio conseguido por el ser plenamente humano entre “lo que hay” y “lo que está por llegar”.  En el amor, insiste Powell, el ser plenamente humano no se identifica con lo que ama.

El autor cita a Gabriel Marcel, Être et avoir, para recordarnos que nuestra civilización nos enseña a apoderarnos de las cosas cuando debería enseñarnos en el arte de desprendernos, porque no hay libertad real sin desposesion. En esta desposesión llegaremos al equilibrio, a la integración de la personalidad.

Si el hombre vive plenamente con todas sus facultades y armonizando sus fuerzas, la naturaleza humana demuestra ser constructiva; que es el destino del hombre: no la perfección, sino el crecimiento.

La persona plenamente humana es aquella que es ella misma que no se deja transformar por las circunstancias; pero la mayo parte de las veces somos como embarcaciones que se mueven por la acción del viento.

“La culpa, querido Bruto, no es de las estrellas, sino nuestra…”

Shakespeare, Julio César

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Para ser persona auténtica tengo que ser libre y capaz de expresarte mis pensamientos, hacerte saber mis opiniones y mis valores, exponerte mis miedos y mis frustraciones, reconocer mis faltas, compartir mis éxitos,… Y para todo, ante todo, saber quién soy.

Tanto Marcel, como Martin Buber, recurren al concepto de “encuentro” para hablar de la situación en la que el “otro” deja de ser un ser impersonal para convertirse en tú, un tú que entra en mi realidad, circunstancias que se entrecruzan.

Donde existe el verdadero encuentro existe una apertura de yo a tú y del tú al yo, una apertura fuente de verdadera comunicación que es el único camino para la común-unión. Escribe Erich Fromm que no podemos amar a alguien sin amar más a todo el mundo.

Powell nos recuerda que la vida humana tiene leyes y que una esencial es: usar las cosas y amar a las personas, quien invierte el sentidos sentencia a la muerte a la felicidad y la realización humana. Cita también a Viktor Frankl y su El hombre en busca de sentido, comparando a aquellas personas que forjan su identidad con las personas de los campos de concentración que al ser liberadas tenían esa libertad y extrañaban el encierro y la soledad.

Powell establece cinco niveles de comunicación para ser nosotors-con-otros: en el nivel 5 está representado el más bajo nivel de autocomunicación, siendo en realidad la no-comunicación, las personas en este nivel se relacionan pero no comparten:

“Y en la desnuda noche vi

a diez mil personas, tal vez más,

que charlaban sin hablar,

que oían sin escuchar,

que escribían canciones

que ninguna voz cantaba.

Nadie se atrevía

a romper los sonidos del silencio”

Sounds of silence, Paul Simon

En el nivel 4 hablamos de otras personas para evitar hablar de nosotros. En el 3 comenzamos a mostrarnos pero intentando mostrar la parte que sabemos que al otro va a gustarle más. En el nivel 2 comienzo, con inseguridad, a mostrar mis sentimientos (gut-level), pero tememos que  los demás no van a soportar nuestra sinceridad porque no es normal que nos comuniquemos con sinceridad, y nos vemos obligados a reprimirnos. En el nivel 1 la transparencia y sinceridad absolutas, emocional y personal. Y para ello, sobre todo, una buena comunicación alejada de la mentira. Hay que decir las cosas tal como son desde un primer momento; pero, ¡ojo!, eso no significa crear juicios sobre los demás.

Powell también hace hincapié en el hecho de que las emociones no son ni buenas ni malas, el verlas de una u otra forma está en nosotros y en nuestra idea de la represión de las emociones. En este punto es muy interesante la incursión, a partir de una observación de Chestertonhttps://es.wikipedia.org/wiki/Morris_West, en la reflexión sobre el miedo a los sentimientos.  Pero si quiero que los demás sepan de nosotros, sepan quién somos, tenemos que reconocernos en nuestros sentimientos. Hay que elegir: verbalizar o somatizar. Buscar el equilibrio para ser.

Reúne Powell al final de la obra una interesante serie de reacciones saludables y no-saludables, en la comunicación humana, una serie de mecanismos explícitos del comportamiento (defensa del ego) y un curioso índice de roles con los que podemos sentirnos identificados.

¿Por qué temo decirte quién soy? es una de esas “pequeñas” obras que nos ayudan a mirar hacia dentro y vernos desde otra perspectiva, desde el ensimismamiento. Pero un ensimismamiento desde el que me re-conozco y me muestro, y muestro lo que soy hoy. Muestro mi potencialidad, porque mañana, mañana será otro día. Y yo, quizá, otro yo.

“Cuesta tanto llegar a ser plenamente humano

que son muy pocos los que poseen

el esclarecimiento o el valor necesarios

para pagar el precio requerido…

Para ello hay que abandonar totalmente

la búsqueda de seguridad

y asumir con los brazos abiertos el riesgo de vivir.

Hay que abrazar el mundo como un amante,

sin esperar una fácil retribución de ese amor.

Hay que aceptar el dolor

como condición de la existencia.

Hay que admitir la duda y la oscuridad

como precio del conocimiento.

Hay que tener una voluntad obstinada en e conflicto,

pero siempre dispuesta a la aceptación total

de todas las consecuencias de vivir y morir”

Las sandalias del pescador, Morris L. West

El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher

Esta pequeña obrita es fácil de leer y perfecta para hacer reflexionar a los más jóvenes sobre la formación de la personalidad y la construcción del yo.
Dividida en siete capítulos en los que el caballero protagonista irá recorriendo un complejo camino que le conduce hacia sí mismo.

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En el dilema del caballero, el capítulo uno, el caballero se muestra siempre bajo su armadura, como muchos de nosotros en el día a día. Las imágenes que propone el autor en la narración nos conducirán a reflexionar sobre las siguientes cuestiones:
¿Dejamos que las personas que nos rodean nos reconozcan bajo nuestras máscaras?
El caballero se sentía mejor con la armadura, hasta tal punto que veía que lo estaba atrapando, ¿nos pasa a nosotros lo mismo?
¿Es la imagen que tiene los otros de nosotros real? ¿Dejamos que alguien no vea como somos? ¿En quién pensamos cuándo nos escondemos bajo nuestras armaduras?
¿Somos capaces de buscar ayuda cuando la necesitamos?
Construir la propia identidad es difícil, problemático, mostrarnos a los demás es conflictivo. Aislarnos, ¿nos deja sentir? No sentir, ¿nos ayuda o nos anula como personas?

En el segundo capítulo -un capítulo muy nietzscheano-, el caballero se introduce en los bosques de Merlín. Allí buscará al mago para que le ayude a desembarazarse de la armadura que lo mantiene oculto y atrapado. En su conversación con Merlín, el protagonista descubrirá que la búsqueda de la identidad es dura, compleja; un camino que no todos queremos recorrer, pero como dijo nuestro poeta “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Nuestro caballero descubrirá que oír la verdad de las cosas duele, pero que muchas veces este dolor es necesario para el crecimiento positivo del yo.
Tenemos que aceptar la vida como algo problemático, duro, y no sucumbir sino todo lo contrario, debemos usar esa problematicidad para crecer y superarnos.
Mientras haya vida, hay caminos para enfrentarla. Pero para ello hay que enfrentarse a los prejuicios, y necesitamos practicar la empatía. Pero ante todo, hacer las cosas por nosotros, no por los demás; porque muchas veces ayudarnos a nosotros mismos es el principio de la ayuda a los demás.

Así poco a poco el caballero irá adentrándose en el sendero de la verdad, el capítulo tres. En este sendero, el autor retoma la idea machadiana ya mencionada. Y nos recuerda que reconocer los errores nos ayuda a avanzar porque el no reconocimiento de esos errores actúa como una roca en el camino que nos impide finalizar nuestra búsqueda.
¿Cómo miramos a los demás?
¿Cómo nos miramos a nosotros mismos?
¿Somos sinceros con nosotros y los demás?

Tras el sendero de la verdad se adentrará en el castillo del silencio, el capitulo cuatro.
Adentrarse en el castillo significa encontrarse con uno mismo. En el silencio el yo se presenta claro y distinto, y no todos estamos dispuestos a conocernos, a re-conocernos. En el silencio, además, estamos obligados a escucharnos y a escuchar… Y no siempre nos gusta oír. Pero el silencio, y caminar -hacer camino-, es la única forma posible para ser sabio.
Aprender, reflexionar, mirar dentro de nosotros -ensimismarnos-.
Buscar la respuesta a una pregunta esencial: ¿Quién soy?
Uno nunca acaba de viajar por el sendero de la verdad. De hecho, el castillo es solo un momento del sendero. Disfrutar de los momentos sin ansiar lo que ha de venir mientras caminamos es esencial para una buena consecución del objetivo que buscamos.

En el mismo sendero, y tras el castillo del silencio, nos adentramos con el caballero en el castillo del conocimiento.
Cuando nos rodeamos de gente, ¿por qué lo hacemos? ¿necesidad o amor?
Cuando tomas una decisión, ¿en qué nos basamos? Querernos a nosotros mismos es esencial, no puedes pasarte la vida haciendo lo que otros quieren por temor a la soledad, porque al final la soledad será mayor, a pesar de estar rodeado de personas.

En el capítulo seis, el caballero llega al castillo de la voluntad y la osadía. Al llegar a este último castillo el caballero es consciente de que ha ido perdiendo la armadura, su cuerpo está libre del peso con el que cargaba. Para ello ha sido esencial enfrentarse a los miedos y desarrollar confianza, sobre todo y ante todo, en sí mismo.
Autoafirmarse como un individuo libre, autónomo, que pone toda su voluntad en construirse.

Al final de la obra, en el capítulo siete, nuestro protagonista llega a la cima de la verdadera identidad, en la que el yo construido y fortalecido, muestra a un nuevo caballero, ay sin armadura, mostrándose tal y como es. Un caballero que confía, en sí y en los demás, que se afirma y afirma su vida -“yo soy la causa, no el efecto”-.
Una persona que es uno con el todo.

Una persona que es uno entre otros. Alteridad no anulada por el grupo, sino reforzada para sobrevivir al grupo. Para ser identidad entre identidades. Porque sólo así podemos estar con los demás, entregarnos a ellos y ayudarles en su construcción… Siendo nosotros mismos sin miedo a mostrarnos a los demás.

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Si perdemos el oro o la plata podemos encontrarlos, pero ¿y si perdemos una ocasión?

Como cada verano Wega Formazione nos invita a sus actividades en Italia.

En esta ocasión presenta un seminario formativo bajo el título: La eternidad, la ausencia, el presente en las relaciones. El momento oportuno. Este se celebrará el próximo domingo 30 de agosto en el auditorio Vittorio Virgili en la Piazza Risorgimiento, en Amandola.

Los ponentes ayudarán a los asistentes a observarse a sí mismos y a los demás, a ver como nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Conocer las propias emociones, escuchar nuestra interioridad, recuperar libertad expresiva, focalizar nuestros objetivos…

Para más información, pinchad en la foto.

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José Ortega y Gasset, sobre España y los españoles

“(…) Cuando se reúnen unos cuantos españoles sensibilizados pr la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre ellos Don Quijote, y el calor fundente de su fisonomía  disparatada compagina aquellos orazones dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras personales un comunal dolor étnico.

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(…)

No me obliguéis a ser sólo español si español sólo significa para vostros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí  con sus áperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.

(…)

Dios mío, ¿qué es España?

(…)

¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesiddad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!

El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.

Lo que hace problema a un problema es contener una contradicción real. Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a España como una contradicción. Quien sea incapaz de esto, quien no perciba el equivoco subterráneo sobre que pisan nuestras plantas, nos servirá de muy poco.

Conviene que nuestra meditación penetre hasta la última capa de conciencia étnica, que someta a análisis sus últimos tejidos, que revise todos los supestos nacionales sin aceptar supersticiosamente ninguno.

(…)

¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el progresivo aniquilamiento de la posibilidad España. No, no podemos seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa que sólo en casos de extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir la tradición; todo lo contrario; tenemos que ir contra la tradición, más allá de la tradición. De entro los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria sustancia de la raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridescente, la España que pudo ser.

Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición del pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese inscrita en su pretérito. Los marinos mediterráneos averiguaron que sólo un medio había para salvarse del canto mortal que hacen las sirenas y era cantarlo del revés. Así los que amen hoy las posibilidades españolas tienen que cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos.”

Meditaciones del Quijote (fragmentos), José Ortega y Gasset

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Nota: parte de estos fragmentos aparecen también en la entrada que dedique a la obra Meditaciones del Quijote. Y sí, como es obvio, son algunos de mis fragmentos favoritos de Ortega.

Demian

Es curioso, como poco, que el seudónimo escogido por Hermann Hesse al publicar la novela fuese el de Emil Sinclair, nombre del protagonista de Demian. Los dos tienes características similares: su preocupación por el yo más profundo, la rebeldía ante la vida, la búsqueda del autoconocimiento, el sufrimiento…

Demian es la reflexión hecha libro que muchos hemos realizado, o realizamos, en algún momento de nuestra vida. Es, sobre todo, el conflicto, eterno, entre lo que deseamos, lo que soñamos, y lo que, por suerte o por desgracia, la vida real nos da.

La historia está escrita en tonos psicoanalíticos y nietzscheanos, bastante observables en casi todas las páginas, que cuestionan sin cesar las creencias, vivencias, sueños, ideas, del protagonista, llevándolo de la luz a la oscuridad constante y angustiosamente.

Emil Sinclair es un chaval que, al parecer como otro cualquiera, va a la escuela, tiene amigos, unos mejores y otros peores, que le influyen, para bien y para mal, en el camino que está recorriendo y que es su vida.

Emil, como Hesse, sabe que, aunque intentemos andar ese camino que es la vida a nuestra manera, siempre están los demás compartiendo dicha senda, y no siempre es fácil hacer en cada momento lo que queremos hacer  o lo que debemos hacer. Siempre hay alguien que puede hacer que torzamos el rumbo, pero ¿es realmente ese alguien quién nos ha hecho torcer el rumbo? ¿Estaba ya ese rumbo torcido sin remisión? ¿Podemos impedir las influencias exteriores? ¿Somos los suficientemente fuertes para ignorar las circunstancias que nos rodean?

En ese camino Emil se encontrará con Demian, ¿su ángel?, que le salvará de la influencia de Kromer, ¿su demonio?, que desaparecerá al aparecer el anterior. Es entonces cuando el protagonista comienza a conocerse y a conocer el mundo: la vida, la muerte, la amistad, el amor, el pensamiento, la acción, la familia, la naturaleza, la religión,… y sobre todo, la polaridad -por otro lado, una constante en algunos de los personajes más importantes y conocidos de Hesse-, somos doble. Somos lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro. Pero todo está en nosotros.

 

“¡Tal era yo en el fondo! ¡Yo, que caminaba por el mundo aislado en mi desprecio! ¡Yo, que sentía el orgullo de la inteligencia y compartía los pensamientos de Demian! Tal era yo: una escoria, una basura, un borracho y sucio, repugnante y grosero, una bestia salvaje dominada por asquerosos instintos. ¡Yo, que venía de aquellos jardines en lo que todo era pureza, resplandor y suave delicadeza! ¡Yo, que había amado la música de Bach y las bellas poesías! Penetrado de asco y de indignación, oía aún mi propia risa, una risa ebria, desenfrenada, que fluía estúpida a borbotones. ¡Aquello era yo!  (Página 72)

“El amor no era un oscuro instinto animal, como en un principio lo había yo sentido; ni era tampoco una piadosa adoración espiritual, como la que yo había consagrado a la imagen de Beatrice, era ambas cosas, ambas y muchas más; era ángel y demonio, hombre y mujer en uno, hombre y animal, sumo bien y profundo mal. Lo deseaba y lo temía; pero estaba siempre presente, siempre por encima de mí” (Página 92)

“Este mundo, tal y como hoy es, quiere morir, quiere hundirse y se hundirá” (Página 131)

 

 

Demian. Hermann Hesse. Prisma, 2001.

 

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