El filósofo interior, por Lou Marinoff y Daisaku Ikeda

¿Puede la filosofía servir de vínculo a la humanidad? ¿Puede ser la filosofía una invitación de la globalización a crear una “sociedad simbiosis” y “promover la empatía”?

Lou Marinoff y Daisaku Ikeda creen que sí y esa idea es la que expresan en el breve pero muy interesante diálogo El filósofo interior. Conversaciones sobre el poder transformador de la filosofía.

Mi personal naturaleza hace que cada libro que leo quede marcado pero, en este caso, es el propio prólogo del libro el que invita a la lectura con un lápiz en la mano para que lo anotado y subrayado pase a formar parte del diálogo entre Marinoff e Ikeda y poder volver a él cada vez que sea necesario.

La idea es cambiar el mundo no desde el mundo sino desde las transformación del yo. Justo lo que en común  tienen el budismo de Ikeda y la filosofía de Marinoff.

El libro está compuesto por 16 conversaciones de temática diferente que siempre convergen hacia una misma idea que hilvana todo el diálogo: ¿puede la filosofía transformar el mundo tal y como lo conocemos?

La respuesta desde oriente y occidente ante esto es SÍ, si consideramos la filosofía como “practicar maneras de vivir sabiamente”.  En este punto del diálogo entra la conocida distinción kantiana: no es lo mismo saber filosofía que filosofar; ya que quizás no todos sepamos de filosofía pero sí podemos filosofar. Todos podemos amar el saber y perseguirlo porque lo importante es reflexionar, pensar e incentivar el pensamiento y la curiosidad.

Pero, ¿cómo empezar a cambiar el mundo desde el yo? Marinoff nos remite a Aristóteles: “Si cada hombre es en cierta manera responsable de su estado mental, también será en cierta manera responsable de la apariencia de las cosas” porque, recordemos, los hábitos virtuosos de pensamiento conducen a una mente más alegre y conexiona con la defensa del budismo que hace Ikeda.

La siguiente idea que ambos proponen es la vuelta a la naturaleza, a nuestra naturaleza, enfrentarnos al nacimiento y la muerte, volverlos a nuestro día a día, saber que están ahí y no apartarlos de nuestras construcciones sociales como si viniéramos de la nada y la muerte no existiera. Ser plenamente conscientes de lo que somos y del tiempo que tenemos. Redescubrir el significado de la vida.

“La filosofía debe traducirse en una sabiduría que ilumine el sentido de la vida y que despierte en el sujeto el poder de vivir bien. Debe alentar a las personas que sufren, ayudarlas a armarse de fortaleza interior para resolver las dificultades y problemas de la vida real. Esa es la demanda más acuciante que se observa en la sociedad actual”.  (Daisaku Ikeda)

“…es absolutamente vital educar a los niños en la ética, la autoestima moral y la consideración por los demás. Sin embargo, este deber fundamental se ha descuidado durante décadas, con terribles consecuencias” (Lou Marinoff)

¿Y cuál es la raíz del problema? ¿Qué hemos hecho o dejado de hacer para que esto ocurra? La raíz del problema  es la disolución de los lazos emocionales. El olvido de que la sociedad es el caldo de cultivo de los individuos, el olvido de que todos somos una gran familia, el olvido del hecho de que  la tribu educa.

“Vana es la palabra del filósofo que no cura ningún padecimiento del hombre. Pues así como de nada sirve la medicina sino expulsa las enfermedades del cuerpo, tampoco hay provecho alguno en la filosofía si no expulsa el sufrimiento de la mente” (Epicuro)

No hay mentes y cuerpos sanos si no hay sociedades sanas. ¿Qué es vivir sanamente? Para Ikeda y Marinoff la salud social está en nuestra capacidad de mantener la serenidad y manifestar la benevolencia, buscar una actitud mental apropiada  porque “el que enciende una antorcha para iluminar a otros, también alumbra su propio camino”. Para ello todos y cada uno de nosotros debemos también recuperar el poder vivir creativamente, ¿dónde hemos dejado la imaginación y el soñar? ¿Dónde está nuestro poder original de transformación del mundo? ¿Cuándo lo perdimos?

Ikeda y Marinoff recuperan en este punto a Sócrates. Es necesario el diálogo como vía de curación, el diálogo como poder activo para, a su vez, activar la fuerza de curación de la sociedad y de las personas que la conforman. No olvidemos que

“Si tenemos dos orejas y una sola boca es para que escuchemos más y hablemos menos” (Zenón)

El diálogo nos ayuda además a cultivar el “sano escepticismo de la duda”, a no creer cada cosa que nos enseñan como si fuese la única perspectiva que hay que conocer porque el diálogo abre horizontes, enfrenta posiciones, enciende luces,… libera.

Pero la deshumanización lo está invadiendo todo, nos aleja del diálogo, del arte, de la música; aunque ambos autores reconocen también el hecho de que en grandes momentos de crisis nacen nuevas formas de belleza, formas que cada generación tienen que renovar. De momentos de crisis, de momentos de deshumanización nacieron el Tao te king, La República, La ciudad de Dios, el Leviatán, La peste, Reflexiones sobre la verdad,…

Se hace necesario un nuevo ciclo, es un hecho. Marinoff e Ikeda tocan también lo que ellos consideran un punto esencial: el papel de la mujer en este nuevo ciclo.

Según ellos la esencia de la naturaleza humana es también la esencia de la felicidad y del dolor humanos y estos comparten común denominador en todo el mundo, en cualquier cultura, y en ese campo “las mujeres son las grandes civilizadoras de la humanidad” por naturaleza y por los roles impuestos a lo largo de la historia.

Llegados a este punto aclarar que no estoy de acuerdo con todas las ideas expuestas por Ikeda y Marinoff aunque comparto palabra a palabra la necesidad de aceptar que la humanidad está en un nuevo ciclo y que tenemos que aceptar que esa es la naturaleza de la realidad: el cambio, que la propuesta de “actuar por la felicidad propia y ajena al mismo tiempo” es simple. “Como un guijarro lanzado a una charca, cuyas olas se propagan en todas direcciones, cada persona ejerce un efecto ondulatorio en su entorno inmediato, que a su vez se propaga a través del nexo social”. El cambio es simple, dejar el apego a las diferencias y observar nuestras semejanzas.

¿Podremos?

 

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¿Por qué temo decirte quién soy?, de John Powell, s.j.

…nadie puede crecer en libertad y vivir en plenitud sin sentirse comprendido al menos por una persona…

Paul Tournier, psiquiatra y escritor.

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Día a día compartimos decenas de cosas insustanciales, pero no es lo único que tenemos que comunicar “tú puedes decirme quién eres tú, del mismo modo que yo puedo decirte quién soy yo”.

Pero ser persona no es algo estático, sino un proceso dinámico. Hoy no soy el de ayer y mañana no seré el de hoy. A pesar de admitir todo esto, la mayoría de las veces nos da miedo decir quiénes somos. Pero, ¿por qué?.

“Temo decirte quién soy, porque, si yo te digo quién soy, puede que no te guste cómo soy, y eso es todo lo que tengo”

Pero este miedo nos impide avanzar, y por tanto lograr felicidad e incluso amor.

La identidad real es algo que casi siempre llevamos bajo una máscara y no debemos extrañarnos porque es un reflejo natural; es parte de la condición humana. Aunque creamos que llega un momento de estabilidad total, esa creencia es falsa, o al menos no del todo verdadera ya que “nuestros estados del ego” fluctúan constantemente en función de las circunstancias.

Lo que somos se va forjando a través de la “programación” social e individual. El ser humano, plenamente humano, se libera gradualmente de su programación y se convierte en dueño de su vida, en actor de su obra.

En ocasiones recurrimos, para relacionarnos con los demás diversos “juegos”, es decir, maniobras, escudos, que llevamos cuando salimos a participar de la lucha de la vida. El problema de la supervivencia del yo a partir de este juego es la perdida del autoconocimiento y de la relación sincera con los demás.

Nos movemos en un constante cúmulo de “juegos”, de relaciones controladas por los “escudos”. “No es fácil ser honrado consigo mismo porque para ello hay que permitir que las emociones reprimidas puedan ser reconocidas como tales, y ello, a su vez, exige relatar dichas emociones a las demás”.

El libro que tenemos entre manos analiza todos los roles que podemos tener para “ocultar nuestra condición”: el egocéntrico, el frágil, el payaso, el fanfarr´pn, el hedonista, el intelectual, etc.

Pero el desvelamiento del ser-yo-mismo requiere sinceridad. Requiere de una aletheia que responde no solo a quién soy, sino quién quiero llegar a ser.

Maslow afirma que la persona plenamente humana mantiene un equilibrio entre interioridad y exterioridad. Ir de un extremo a otro es desequilibrio y falta de profundidad, pero como dijo Sócrates -o así escribe Platón en la Apología– “una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”.

Esto requiere una auto-aceptación: sentirnos a gusto con el cuerpo, con los sentimientos y emociones (positivas y  negativas), con los impulsos, los pensamiento y los deseos. Además debemos estar abiertos a nuevas sensaciones, pensamientos y deseos. Hay que aceptar el necesario cambio, el devenir -que diría Nietzsche-, porque lo que seremos es algo desconocido en lo que hay que adentrarse. El yo es siempre algo en potencia pero realista en sus limitaciones. Ese yo, ya lo hemos dicho, no necesita solo de la interioridad sino de la exterioridad, de estar-con-el-otro y ser-en-el-otro. Sufrir con los que sufren, alegrarse con los que están alegres… Empatizar, al fin y al cabo.

Martin Heidegger señala dos obstáculos que frenan este crecimiento del que hablamos, y en el que se centra la obra que comentamos:  1) contentarse con lo que hay y 2) la actividad desasosegada de quien busca algo más.

El resultado, elijamos uno o elijamos dos, es el enajenamiento. “En el amor debemos poseer y saborear lo que hay y, al mismo tiempo, aspirar a poseer (amar) más plenamente el bien. Este es el equilibrio conseguido por el ser plenamente humano entre “lo que hay” y “lo que está por llegar”.  En el amor, insiste Powell, el ser plenamente humano no se identifica con lo que ama.

El autor cita a Gabriel Marcel, Être et avoir, para recordarnos que nuestra civilización nos enseña a apoderarnos de las cosas cuando debería enseñarnos en el arte de desprendernos, porque no hay libertad real sin desposesion. En esta desposesión llegaremos al equilibrio, a la integración de la personalidad.

Si el hombre vive plenamente con todas sus facultades y armonizando sus fuerzas, la naturaleza humana demuestra ser constructiva; que es el destino del hombre: no la perfección, sino el crecimiento.

La persona plenamente humana es aquella que es ella misma que no se deja transformar por las circunstancias; pero la mayo parte de las veces somos como embarcaciones que se mueven por la acción del viento.

“La culpa, querido Bruto, no es de las estrellas, sino nuestra…”

Shakespeare, Julio César

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Para ser persona auténtica tengo que ser libre y capaz de expresarte mis pensamientos, hacerte saber mis opiniones y mis valores, exponerte mis miedos y mis frustraciones, reconocer mis faltas, compartir mis éxitos,… Y para todo, ante todo, saber quién soy.

Tanto Marcel, como Martin Buber, recurren al concepto de “encuentro” para hablar de la situación en la que el “otro” deja de ser un ser impersonal para convertirse en tú, un tú que entra en mi realidad, circunstancias que se entrecruzan.

Donde existe el verdadero encuentro existe una apertura de yo a tú y del tú al yo, una apertura fuente de verdadera comunicación que es el único camino para la común-unión. Escribe Erich Fromm que no podemos amar a alguien sin amar más a todo el mundo.

Powell nos recuerda que la vida humana tiene leyes y que una esencial es: usar las cosas y amar a las personas, quien invierte el sentidos sentencia a la muerte a la felicidad y la realización humana. Cita también a Viktor Frankl y su El hombre en busca de sentido, comparando a aquellas personas que forjan su identidad con las personas de los campos de concentración que al ser liberadas tenían esa libertad y extrañaban el encierro y la soledad.

Powell establece cinco niveles de comunicación para ser nosotors-con-otros: en el nivel 5 está representado el más bajo nivel de autocomunicación, siendo en realidad la no-comunicación, las personas en este nivel se relacionan pero no comparten:

“Y en la desnuda noche vi

a diez mil personas, tal vez más,

que charlaban sin hablar,

que oían sin escuchar,

que escribían canciones

que ninguna voz cantaba.

Nadie se atrevía

a romper los sonidos del silencio”

Sounds of silence, Paul Simon

En el nivel 4 hablamos de otras personas para evitar hablar de nosotros. En el 3 comenzamos a mostrarnos pero intentando mostrar la parte que sabemos que al otro va a gustarle más. En el nivel 2 comienzo, con inseguridad, a mostrar mis sentimientos (gut-level), pero tememos que  los demás no van a soportar nuestra sinceridad porque no es normal que nos comuniquemos con sinceridad, y nos vemos obligados a reprimirnos. En el nivel 1 la transparencia y sinceridad absolutas, emocional y personal. Y para ello, sobre todo, una buena comunicación alejada de la mentira. Hay que decir las cosas tal como son desde un primer momento; pero, ¡ojo!, eso no significa crear juicios sobre los demás.

Powell también hace hincapié en el hecho de que las emociones no son ni buenas ni malas, el verlas de una u otra forma está en nosotros y en nuestra idea de la represión de las emociones. En este punto es muy interesante la incursión, a partir de una observación de Chestertonhttps://es.wikipedia.org/wiki/Morris_West, en la reflexión sobre el miedo a los sentimientos.  Pero si quiero que los demás sepan de nosotros, sepan quién somos, tenemos que reconocernos en nuestros sentimientos. Hay que elegir: verbalizar o somatizar. Buscar el equilibrio para ser.

Reúne Powell al final de la obra una interesante serie de reacciones saludables y no-saludables, en la comunicación humana, una serie de mecanismos explícitos del comportamiento (defensa del ego) y un curioso índice de roles con los que podemos sentirnos identificados.

¿Por qué temo decirte quién soy? es una de esas “pequeñas” obras que nos ayudan a mirar hacia dentro y vernos desde otra perspectiva, desde el ensimismamiento. Pero un ensimismamiento desde el que me re-conozco y me muestro, y muestro lo que soy hoy. Muestro mi potencialidad, porque mañana, mañana será otro día. Y yo, quizá, otro yo.

“Cuesta tanto llegar a ser plenamente humano

que son muy pocos los que poseen

el esclarecimiento o el valor necesarios

para pagar el precio requerido…

Para ello hay que abandonar totalmente

la búsqueda de seguridad

y asumir con los brazos abiertos el riesgo de vivir.

Hay que abrazar el mundo como un amante,

sin esperar una fácil retribución de ese amor.

Hay que aceptar el dolor

como condición de la existencia.

Hay que admitir la duda y la oscuridad

como precio del conocimiento.

Hay que tener una voluntad obstinada en e conflicto,

pero siempre dispuesta a la aceptación total

de todas las consecuencias de vivir y morir”

Las sandalias del pescador, Morris L. West

El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher

Esta pequeña obrita es fácil de leer y perfecta para hacer reflexionar a los más jóvenes sobre la formación de la personalidad y la construcción del yo.
Dividida en siete capítulos en los que el caballero protagonista irá recorriendo un complejo camino que le conduce hacia sí mismo.

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En el dilema del caballero, el capítulo uno, el caballero se muestra siempre bajo su armadura, como muchos de nosotros en el día a día. Las imágenes que propone el autor en la narración nos conducirán a reflexionar sobre las siguientes cuestiones:
¿Dejamos que las personas que nos rodean nos reconozcan bajo nuestras máscaras?
El caballero se sentía mejor con la armadura, hasta tal punto que veía que lo estaba atrapando, ¿nos pasa a nosotros lo mismo?
¿Es la imagen que tiene los otros de nosotros real? ¿Dejamos que alguien no vea como somos? ¿En quién pensamos cuándo nos escondemos bajo nuestras armaduras?
¿Somos capaces de buscar ayuda cuando la necesitamos?
Construir la propia identidad es difícil, problemático, mostrarnos a los demás es conflictivo. Aislarnos, ¿nos deja sentir? No sentir, ¿nos ayuda o nos anula como personas?

En el segundo capítulo -un capítulo muy nietzscheano-, el caballero se introduce en los bosques de Merlín. Allí buscará al mago para que le ayude a desembarazarse de la armadura que lo mantiene oculto y atrapado. En su conversación con Merlín, el protagonista descubrirá que la búsqueda de la identidad es dura, compleja; un camino que no todos queremos recorrer, pero como dijo nuestro poeta “caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Nuestro caballero descubrirá que oír la verdad de las cosas duele, pero que muchas veces este dolor es necesario para el crecimiento positivo del yo.
Tenemos que aceptar la vida como algo problemático, duro, y no sucumbir sino todo lo contrario, debemos usar esa problematicidad para crecer y superarnos.
Mientras haya vida, hay caminos para enfrentarla. Pero para ello hay que enfrentarse a los prejuicios, y necesitamos practicar la empatía. Pero ante todo, hacer las cosas por nosotros, no por los demás; porque muchas veces ayudarnos a nosotros mismos es el principio de la ayuda a los demás.

Así poco a poco el caballero irá adentrándose en el sendero de la verdad, el capítulo tres. En este sendero, el autor retoma la idea machadiana ya mencionada. Y nos recuerda que reconocer los errores nos ayuda a avanzar porque el no reconocimiento de esos errores actúa como una roca en el camino que nos impide finalizar nuestra búsqueda.
¿Cómo miramos a los demás?
¿Cómo nos miramos a nosotros mismos?
¿Somos sinceros con nosotros y los demás?

Tras el sendero de la verdad se adentrará en el castillo del silencio, el capitulo cuatro.
Adentrarse en el castillo significa encontrarse con uno mismo. En el silencio el yo se presenta claro y distinto, y no todos estamos dispuestos a conocernos, a re-conocernos. En el silencio, además, estamos obligados a escucharnos y a escuchar… Y no siempre nos gusta oír. Pero el silencio, y caminar -hacer camino-, es la única forma posible para ser sabio.
Aprender, reflexionar, mirar dentro de nosotros -ensimismarnos-.
Buscar la respuesta a una pregunta esencial: ¿Quién soy?
Uno nunca acaba de viajar por el sendero de la verdad. De hecho, el castillo es solo un momento del sendero. Disfrutar de los momentos sin ansiar lo que ha de venir mientras caminamos es esencial para una buena consecución del objetivo que buscamos.

En el mismo sendero, y tras el castillo del silencio, nos adentramos con el caballero en el castillo del conocimiento.
Cuando nos rodeamos de gente, ¿por qué lo hacemos? ¿necesidad o amor?
Cuando tomas una decisión, ¿en qué nos basamos? Querernos a nosotros mismos es esencial, no puedes pasarte la vida haciendo lo que otros quieren por temor a la soledad, porque al final la soledad será mayor, a pesar de estar rodeado de personas.

En el capítulo seis, el caballero llega al castillo de la voluntad y la osadía. Al llegar a este último castillo el caballero es consciente de que ha ido perdiendo la armadura, su cuerpo está libre del peso con el que cargaba. Para ello ha sido esencial enfrentarse a los miedos y desarrollar confianza, sobre todo y ante todo, en sí mismo.
Autoafirmarse como un individuo libre, autónomo, que pone toda su voluntad en construirse.

Al final de la obra, en el capítulo siete, nuestro protagonista llega a la cima de la verdadera identidad, en la que el yo construido y fortalecido, muestra a un nuevo caballero, ay sin armadura, mostrándose tal y como es. Un caballero que confía, en sí y en los demás, que se afirma y afirma su vida -“yo soy la causa, no el efecto”-.
Una persona que es uno con el todo.

Una persona que es uno entre otros. Alteridad no anulada por el grupo, sino reforzada para sobrevivir al grupo. Para ser identidad entre identidades. Porque sólo así podemos estar con los demás, entregarnos a ellos y ayudarles en su construcción… Siendo nosotros mismos sin miedo a mostrarnos a los demás.

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Si perdemos el oro o la plata podemos encontrarlos, pero ¿y si perdemos una ocasión?

Como cada verano Wega Formazione nos invita a sus actividades en Italia.

En esta ocasión presenta un seminario formativo bajo el título: La eternidad, la ausencia, el presente en las relaciones. El momento oportuno. Este se celebrará el próximo domingo 30 de agosto en el auditorio Vittorio Virgili en la Piazza Risorgimiento, en Amandola.

Los ponentes ayudarán a los asistentes a observarse a sí mismos y a los demás, a ver como nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo que nos rodea. Conocer las propias emociones, escuchar nuestra interioridad, recuperar libertad expresiva, focalizar nuestros objetivos…

Para más información, pinchad en la foto.

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José Ortega y Gasset, sobre España y los españoles

“(…) Cuando se reúnen unos cuantos españoles sensibilizados pr la miseria ideal de su pasado, la sordidez de su presente y la acre hostilidad de su porvenir, desciende entre ellos Don Quijote, y el calor fundente de su fisonomía  disparatada compagina aquellos orazones dispersos, los ensarta como en un hilo espiritual, los nacionaliza, poniendo tras sus amarguras personales un comunal dolor étnico.

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(…)

No me obliguéis a ser sólo español si español sólo significa para vostros hombre de la costa reverberante. No metáis en mis entrañas guerras civiles; no azucéis al ibero que va en mí  con sus áperas, hirsutas pasiones contra el blondo germano, meditativo y sentimental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma. Yo aspiro a poner paz entre mis hombres interiores y los empujo hacia una colaboración.

(…)

Dios mío, ¿qué es España?

(…)

¡Desdichada la raza que no hace un alto en la encrucijada antes de proseguir su ruta, que no se hace un problema de su propia intimidad; que no siente la heroica necesiddad de justificar su destino, de volcar claridades sobre su misión en la historia!

El individuo no puede orientarse en el universo sino al través de su raza, porque va sumido en ella como la gota en la nube viajera.

Lo que hace problema a un problema es contener una contradicción real. Nada, en mi opinión, nos importa hoy tanto como aguzar nuestra sensibilidad para el problema de la cultura española, es decir, sentir a España como una contradicción. Quien sea incapaz de esto, quien no perciba el equivoco subterráneo sobre que pisan nuestras plantas, nos servirá de muy poco.

Conviene que nuestra meditación penetre hasta la última capa de conciencia étnica, que someta a análisis sus últimos tejidos, que revise todos los supestos nacionales sin aceptar supersticiosamente ninguno.

(…)

¿No es un cruel sarcasmo que luego de tres siglos y medio de descarriado vagar, se nos proponga seguir la tradición nacional? ¡La tradición! La realidad tradicional en España ha consistido precisamente en el progresivo aniquilamiento de la posibilidad España. No, no podemos seguir la tradición. Español significa para mí una altísima promesa que sólo en casos de extrema rareza ha sido cumplida. No, no podemos seguir la tradición; todo lo contrario; tenemos que ir contra la tradición, más allá de la tradición. De entro los escombros tradicionales, nos urge salvar la primaria sustancia de la raza, el módulo hispánico, aquel simple temblor español ante el caos. Lo que suele llamarse España no es eso, sino justamente el fracaso de eso. En un grande, doloroso incendio habríamos de quemar la inerte apariencia tradicional, la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridescente, la España que pudo ser.

Para ello será necesario que nos libertemos de la superstición del pasado, que no nos dejemos seducir por él como si España estuviese inscrita en su pretérito. Los marinos mediterráneos averiguaron que sólo un medio había para salvarse del canto mortal que hacen las sirenas y era cantarlo del revés. Así los que amen hoy las posibilidades españolas tienen que cantar a la inversa la leyenda de la historia de España, a fin de llegar a su través hasta aquella media docena de lugares donde la pobre víscera cordial de nuestra raza da sus puros e intensos latidos.”

Meditaciones del Quijote (fragmentos), José Ortega y Gasset

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Nota: parte de estos fragmentos aparecen también en la entrada que dedique a la obra Meditaciones del Quijote. Y sí, como es obvio, son algunos de mis fragmentos favoritos de Ortega.

Demian

Es curioso, como poco, que el seudónimo escogido por Hermann Hesse al publicar la novela fuese el de Emil Sinclair, nombre del protagonista de Demian. Los dos tienes características similares: su preocupación por el yo más profundo, la rebeldía ante la vida, la búsqueda del autoconocimiento, el sufrimiento…

Demian es la reflexión hecha libro que muchos hemos realizado, o realizamos, en algún momento de nuestra vida. Es, sobre todo, el conflicto, eterno, entre lo que deseamos, lo que soñamos, y lo que, por suerte o por desgracia, la vida real nos da.

La historia está escrita en tonos psicoanalíticos y nietzscheanos, bastante observables en casi todas las páginas, que cuestionan sin cesar las creencias, vivencias, sueños, ideas, del protagonista, llevándolo de la luz a la oscuridad constante y angustiosamente.

Emil Sinclair es un chaval que, al parecer como otro cualquiera, va a la escuela, tiene amigos, unos mejores y otros peores, que le influyen, para bien y para mal, en el camino que está recorriendo y que es su vida.

Emil, como Hesse, sabe que, aunque intentemos andar ese camino que es la vida a nuestra manera, siempre están los demás compartiendo dicha senda, y no siempre es fácil hacer en cada momento lo que queremos hacer  o lo que debemos hacer. Siempre hay alguien que puede hacer que torzamos el rumbo, pero ¿es realmente ese alguien quién nos ha hecho torcer el rumbo? ¿Estaba ya ese rumbo torcido sin remisión? ¿Podemos impedir las influencias exteriores? ¿Somos los suficientemente fuertes para ignorar las circunstancias que nos rodean?

En ese camino Emil se encontrará con Demian, ¿su ángel?, que le salvará de la influencia de Kromer, ¿su demonio?, que desaparecerá al aparecer el anterior. Es entonces cuando el protagonista comienza a conocerse y a conocer el mundo: la vida, la muerte, la amistad, el amor, el pensamiento, la acción, la familia, la naturaleza, la religión,… y sobre todo, la polaridad -por otro lado, una constante en algunos de los personajes más importantes y conocidos de Hesse-, somos doble. Somos lo positivo y lo negativo, lo blanco y lo negro. Pero todo está en nosotros.

 

“¡Tal era yo en el fondo! ¡Yo, que caminaba por el mundo aislado en mi desprecio! ¡Yo, que sentía el orgullo de la inteligencia y compartía los pensamientos de Demian! Tal era yo: una escoria, una basura, un borracho y sucio, repugnante y grosero, una bestia salvaje dominada por asquerosos instintos. ¡Yo, que venía de aquellos jardines en lo que todo era pureza, resplandor y suave delicadeza! ¡Yo, que había amado la música de Bach y las bellas poesías! Penetrado de asco y de indignación, oía aún mi propia risa, una risa ebria, desenfrenada, que fluía estúpida a borbotones. ¡Aquello era yo!  (Página 72)

“El amor no era un oscuro instinto animal, como en un principio lo había yo sentido; ni era tampoco una piadosa adoración espiritual, como la que yo había consagrado a la imagen de Beatrice, era ambas cosas, ambas y muchas más; era ángel y demonio, hombre y mujer en uno, hombre y animal, sumo bien y profundo mal. Lo deseaba y lo temía; pero estaba siempre presente, siempre por encima de mí” (Página 92)

“Este mundo, tal y como hoy es, quiere morir, quiere hundirse y se hundirá” (Página 131)

 

 

Demian. Hermann Hesse. Prisma, 2001.

 

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