Cartas a Friedrich Nietzsche. Diarios y otros testimonios.

Trotta presentó hace unos meses un epistolario muy particular y de gran importancia, en el que se dan cita Cosima Wagner y Friedrich Nietzsche.

Cartas a Nietzsche

Un filósofo (Nietzsche), dos músicos (Wagner y Liszt) y una mujer singular (Cosima Wagner) el centro de la relación entre los personajes anteriores.

Y es que, como explica Luis Enrique de Santiago Guervós en el estudio introductorio de estas Cartas a Friedrich Nietzsche. Diarios y otros testimonios, uno de los episodios más enigmáticos de la vida de este autor estuvo protagonizado por su relación con Cosima Wagner.

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Testigo de tan curioso vínculo es esta correspondencia, que recoge también, el rastro que Nietzsche dejó en los diarios de la que fuera esposa de Richard Wagner (e hija ilegítima de Franz Liszt).

Elisabeth Nietzsche dejaba constancia de esta singular relación en una de las biografías que redactó sobre su hermano Friedrich:

Wagner, Cosima y mi hermano comenzaron a hablar de la tragedia de la vida humana, de los griegos, de los alemanes, de planes y aspiraciones. Nunca, ni antes ni después, he vuelto a encontrar en la conversación de tres personas tan diferentes una armonía tan maravillosa como esta; cada uno tenía sus propias notas, su propio tema, y lo acentuaba con todas sus fuerzas, y ¡qué armonía tan maravillosa! Cada una de estas naturalezas singulares estaba en las alturas, iluminaba en su propio resplandor, y ¡ninguno hacía sombra al otro!

Por desgracia, se perdieron la mayor parte de las misivas que Nietzsche dirigió a Cosima, se supone que destruidas por la hija de esta, aunque esta obra permite imaginar el cariz de las cartas que el filósofo dirigía a la señora Wagner… Su cercanía. Cosima podría haberse interesado por Nietzsche a causa de su potencial utilidad para el proyecto wagneriano. Un proyecto que, no terminaba en la música sino que, más bien, comenzaba con ella.

Tras la redacción de la monumental obra El nacimiento de la tragedia, el joven Friedrich confesaba a Wagner:

Ojalá que mi escrito corresponda al menos en algún grado a la simpatía que, desde su génesis hasta ahora, para mi sonrojo, ha tenido por mí. Y si yo mismo pienso tener razón en las cuestiones principales, eso significa sólo que usted con su arte debe tener razón por toda la eternidad. En cada página encontrará que sólo intento agradecerle todo lo que me ha dado

Un documento que nos permite ver la evolución que unió y, posteriormente, separó a Nietzsche y Wagner, teniendo como hilo conductor a Cosima Wagner.

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Cartas a Friedrich Nietzsche.  Diarios y otros testimonios.

Autora Cosima Wagner.

Editorial Trotta, 2013.

Edición y traducción de Luis Enrique de Santiago Guervós.

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Friedrich Nietzsche – sobre la Filología

“Este prólogo llega tarde, aunque no demasiado tarde; ¿qué más da, a fin de cuentas, cinco años que seis? Un libro y un problema como éstos no tienen prisa; además tanto mi libro como yo somos amigos de la lentitud. No en vano he sido filólogo, y tal vez lo siga siendo. La palabra “filólogo” designa a quien domina tanto el arte de leer con lentitud que acaba escribiendo también con lentitud. No escribir más que lo que pueda desesperar a quienes se apresuran, es algo a lo que no sólo me he acostumbrado, sino que me gusta, por un placer quizá no exento de malicia. La filología es un arte respetable, que exige a quienes la admiran que se mantengan al margen, que se tomen tiempo, que se vuelvan silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, una pericia propia de un orfebre de la palabra, un arte que exige un trabajo sutil y delicado, en el que no se consigue nada si no se actúa con lentitud.

Por esto precisamente resulta hoy más necesaria que nunca: precisamente por esto nos seduce y encanta en esta época nuestra de trabajo, esto es, de precipitación que se consume con una prisa indecorosa por acabar pronto todo lo que emprende, incluyendo el leer un libro, ya sea antiguo o moderno.

El arte al que me estoy refiriendo no logra acabar fácilmente nada; enseña a leer bien, es decir, despacio, profundizando, movidos por intenciones profundas, con los sentidos bien abiertos, con unos ojos y unos dedos delicados. Pacientes amigos míos, este libro no aspira a otra cosa que a tener lectores y filólogos perfectos. ¡Aprended, pues, a leerme bien!

Alta Engadina, otoño de 1886.”

Friedrich Nietzsche, Aurora, M. E. Editores, Madrid, 1994, p. 32-33. “Prólogo”

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Loú Andreas-Salomé – sobre Friedrich Nietzsche

“Lo que fascinaba en la figura de Nietzsche era aquella primera y poderosa impresión que suscitaba ese misterio, la sospecha de una callada soledad. Al contemplador fugaz no se le ofrecía ningún detalle llamativo. Aquel varón de estatura media; vestido de manera muy sencilla pero también muy cuidadosa, con sus rasgos sosegados y el cabello castaño peinado hacia atrás con sencillez, fácilmente podía pasar inadvertido. Las finas y extraordinariamente expresivas líneas de su boca quedaban recubiertas casi del todo por un gran bigote caído hacia delante; tenía una risa suave, un modo quedo de hablar y una cautelosa y pensativa forma de caminar, inclinando un poco los hombros hacia delante; era difícil imaginarse a aquella figura en medio de una multitud, tenía el sello del apartamiento, de la soledad. Incomparablemente bellas y noblemente formadas, de modo que atraían hacia sí la vista sin querer, eran en Nietzsche las manos, de las que él mismo creía que delataban su espíritu.; en Más allá del bien y del mal se halla a este respecto  una observación muy acertada: ‘hay hombres que inevitablemente tienen espíritu, por mucho que quieran andarse con rodeos y pretextos y pretendan cubrir con las manos sus ojos delatores… (¡como si la mano no fuese delatora!)’.

Similar importancia concedía a los oídos muy pequeños y modelados con finura, de los que decía que eran los verdaderos “oídos para cosas no oídas”. Un lenguaje auténticamente delator hablaban también sus ojos. Siendo medio ciegos, no tenían, sin embargo, nada de ese estar acechando, de ese parpadeo, de esa no querida impertinencia que aparece en muchos miopes; antes bien, parecían ser guardianes y conservadores de tesoros propios, de mudos secretos, que por ninguna mirada no invitada debían ser rozados. La deficiente visión daba a sus rasgos un tipo muy especial de encanto, debido a que, en lugar de reflejar impresiones cambiantes, externas, reproducían sólo aquello que cruzaba por su interior. Esos ojos penetraban en la intimidad, y a la vez, mucho más allá de los objetos cercanos en la lejanía, o mejor: tanto en lo más próximo como en lo más lejano.  Pues , en definitiva, todo su trabajo como pensador no era si no una exploración del alma humana en busca de mundos aún por descubrir, de sus posibilidades aún no apuradas que nacen y perecen sin cesar. Cuando se mostraba como era, en el hechizo de una conversación entre dos que lo excitase, entones podía aparecer y desaparecer en sus ojos una conmovedora luminosidad: mas cuando su estado de ánimo era sombrío, entonces la soledad hablaba en ellos de una manera tétrica, casi amenazadora, como si viniera de profundidades inquietantes, de esas profundidades en las que se hallaba siempre solo, que no podía compartir con nadie, frente a las que él mismo se sentía a menudo sobrecogido de terror y en las que finalmente no naufragó su espíritu.

Una impresión similar de  misterio y secreto provocaba también el comportamiento de Nietzsche.  En la vida normal era de una gran cortesía y de una suavidad casi femenina,  de una constante y benévola ecuanimidad;  le agradaban las formas elegantes en el trato social y les concedía gran estima.  No obstante, siempre residía en  ello cierto goce en el disfraz; abrigo y máscara para una vida interior que casi nunca descubría.  Recuerdo que, conocí a Nietzsche  por primera vez, fue un día de primavera, en la basílica de San Pedro, en Roma, durante los primeros minutos me chocó y me confundió en él esa rebuscada formalidad.  Pero poco duraba el engaño  en ese solitario que portaba su máscara con tanta torpeza, a semejanza de aquel que llega del desierto y la montaña y se viste con el traje del hombre de mundo; enseguida afloro la pregunta que el mismo formuló con estas palabras: ‘de todo lo que un hombre deja traslucir podemos preguntar, ¿qué ocultará?, ¿de qué pretenderá desviar la mirada?, ¿qué prejuicio le animará?.  Y aún más, ¿hasta dónde llegará la sutileza de ese disimulo?, ¿qué equivoco desea provocar con ello?’ ” .

Lou Andreas-Salomé*


*Extraído del artículo “Retrato de filósofo con bigote”. Revista digital de filosofía “A Parte Rei”, nº 8, junio de 2000. Especial Nietzsche.

Loú Andreas-SaloméFriedrich Nietzsche

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