Nietzsche, tú mataste a mi padre

 

He aquí una tira cómica de la relación de Nietzsche con la teoría de la muerte de Dios.

Muy buena, por cierto.

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San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno

Manuel Bueno es el párroco de Valverde de Lucerna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y con un lago. Montaña y lago, dos protagonistas más de esta obra de Unamuno -porque no sólo don Manuel, Ángela y Lázaro protagonizan la historia de la que vamos a hablar-.

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Esta pequeña -gran- obra de don Miguel relata la lucha entre la fe y la duda, entre el creer y el dolor de no creer; es una lucha de la existencia contra sí misma. Una lucha que muchos podemos hacer propia, porque no sólo don Manuel convive con sus propios demonios.

San Manuel Bueno, mártir trata, en la figura del principal protagonista, muchas de las preocupaciones espirituales del filósofo y nos interpela, casi sin que nos demos cuenta, para que nosotros también nos planteemos las nuestras.

¿Nos reflejamos en don Manuel? ¿En Lázaro? ¿En Ángela? ¿En el pobre de Blasillo el bobo?

La obra (re)presenta dos de los grandes fundamentos del existencialismo: la vida y la duda. Pero a diferencia de otros existencialistas, aunque Unamuno presenta la vida como algo a lo que nos han arrojado (con Calderón de la Barca nos recuerda: “el delito mayor del hombre es haber nacido”) es también como una celebración que debe alejarnos del deseo de abandonar este mundo en el que no elegimos estar, al menos esa va a ser la filosofía de don Manuel.

En una boda dijo una vez: ¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que por mucho que de él se bebiera alegrara siempre, sin emborrachar nunca…, o por lo menos con una borrachera alegre…!-Lo primero- decía- es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es lo primero en todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera.
(…)

Como en la obra de Kierkegaard, vemos en esta obra de nuestro dubitativo filósofo una imagen clara de su enraizamiento cristiano: la fe no puede estar en lucha con la alegría porque la alegría es el fondo de la cuestión vital (también es fondo de la cuestión religiosa, son muchos los santos y padres de la iglesia que han subrayado la importancia de la alegría en el cristiano, muy a pesar, muchas veces de la propia Iglesia).

Una vez pasó por el pueblo una banda de pobres titiriteros. El jefe de ella, que llegó con la mujer gravemente enferma y embarazada, y con tres hijos que le ayudaban, hacía de payaso. Mientras él estaba en la plaza del pueblo, haciendo reír a los niños y aun a los grandes, ella, sintiéndose de pronto gravemente indispuesta, se tuvo que retirar y se retiró escoltada por una mirada de congoja del payaso y una risotada de los niños. Y escoltada por don Manuel, que luego, en un rincón de la cuadra de la posada, le ayudó a bien morir. Y cuando, acabada la fiesta, supo el pueblo y supo el payaso la tragedia, fuéronse todos a la posada, y el pobre hombre, diciendo con llanto en la voz: “Bien se dice, señor cura, que es usted todo un santo”, se acercó a éste, queriendo tomarle la mano para besársela; pero don Manuel se adelantó y, tomándosela al payaso, pronunció ante todos:
-El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar, y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos, sino para dar alegría a los de los otros (…).

Unamuno, a su forma, nos plantea un problema, una cuestión vital: ¿qué hacer cuando no se hallan motivos para la alegría? ¿Qué hacer cuando todo se presenta bajo la inquietante forma de la duda? ¿Qué hacer cuando todo aquello en lo que crees se hunde en un abismo negro y no logras rescatarlo? ¿Qué hacer para dar a los demás lo que necesitan cuándo no lo encuentras en ti?

San Manuel Bueno es la respuesta (la que don Miguel nos ofrece). Reír, vivir y ayudar a reír y a vivir a los demás; esconder el dolor y la duda bajo la máscara, porque al final tanto el dolor como la duda se curan: “Sí, al fin se cura el sueño…, y al fin se cura la vida…, al fin se acaba la cruz del nacimiento… Y como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde…”.

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Albert Camus – sobre el suicidio y el absurdo

7 de noviembre de 1913 /7 de noviembre de 2013

100 aniversario del nacimiento de A. Camus

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“Matarse es, en cierto sentido y como en el melodrama, confesar. Es confesar que la vida nos supera o que no la entendemos. Mas no vayamos demasiado lejos en estas analogías y volvamos a las palabras corrientes. Es solamente confesar que ‘no vale la pena’. Vivir, naturalmente, jamás es fácil. Seguimos haciendo los gestos que la existencia pide por muchas razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que hemos reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter ridículo de esta costumbre, la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento.

¿Cuál es, pues, ese incalculable sentimiento que priva al espíritu del sueño necesario para su vida? Un mundo que podemos explicar, aunque sea con malas razones, es un mundo familiar. Pero en cambio en un universo privado de pronto de ilusiones y de luces, el hombre se siente extranjero. Es un destierrro sin remedio, pues está privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra prometida. Ese divorcio entre el hombre y su vida, el actor y su decorado, es propiamente el sentido de lo absurdo. Y como todos los hombres sanos han pensado en el suicido, cabe reconocer, sin más explicaciones, que hay un lazo directo entre ese sentimiento y la aspiración a la nada.”

Albert Camus, El mito de Sísifo, Alianza, 16

Sören Kierkegaard. Nulla dies sine lacryma.

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Sören Aabye Kierkegaard -Copenhague 1813-1855- fue un pensador danés cuya influencia en la filosofía, aunque poco visible, ha sido eficaz y prolongada. Vivió en Copenhague, atormentado por sus problemas religiosos y filosóficos, e influido, aunque en la forma negativa de la abierta oposición a él, por el idealismo alemán. Entre las obras de Kierkegaard se cuentan El concepto de la angustia, O esto o lo otro, In vino veritas, Migajas filosóficas y el Postcriptum no científico a las migajas filosóficas, uno de sus escritos más importantes.

Kierkegaard, como otros pensadores de su tiempo, apela al cristianismo para comprender el ser del hombre. Insiste especialmente en el concepto de la angustia, que pone en relación con el pecado original y en la cual el hombre se siente en soledad; esto lo lleva a hacer una antrolopología determinada por la idea de la existencia, de sumo interés y de no escasa fecundidad filosófica, a pesar de su carácter asistemático y de un peligroso irracionalismo que ha dejado huellas en algunos de sus seguidores.

Kierkegaard rechaza la “eternización” que el hegelianismo introduce en la filosofía, porque ese pensamietno abstracto y sub specie aeterni deja fuera de la existencia, esto es, el modo mismo de ser del hombre, de todo hombre, incluso del propio pensador abstracto. El hombre es algo concreto, temporal, en devenir, situado en ese modo de ser que llamamos existencia le es esencial el movimiento, que el pensar sub specie aeterni anula. Kierkegaard, desde supuestos religiosos, toca la realidad humana en su núcleo regurosamente individual y personal, sin restituirla por una abstracción como el hombre en general. La existencia de que habla es la mía, en su concreta e insustituible mismidad. Pero esta dimensión positiva de su pensamiento queda enturbiada por su irracionalismo. Kierkegaard considera que la existencia y el movimiento no pueden pensarse, porque si se piensan quedan inmovilizados, eternizados y, por tanto, abolidos. Ahora bien, como el que piensa existe, la existencia queda puesta a la vez que el pensamiento, y esta es la grave cuestión de la filosfía.

Kierkegaard influyó de modo considerable en Unamuno, y Heidegger ha recogido de su penamiento enseñanzas de gran valor. En el mismo seno de la filosofía actual aparece, pues, elevado a sistema y a una madurez superior, el núcleo más vivo de la metafísica de Kierkegaard.

Historia de la Filosofía, Julián Marias.

Alianza, páginas 332 y333.

Sören Kierkegaard

“Y estos discursos, según el lema, deberían estar hechos

y ser pronunciados in vino, de la mima manera

que cualquier verdad proclamada en ellos

no podría ser diferente de la que reside in vino,

puesto que el vino es la defensa de la verdad,

como ésta es la apología del vino.

In vino veritas

Nace Sören el último de siete hermanos, el 5 de mayo de 1813 en Copenhague, “hijo de la vejez” como a él mismo le gustaba apuntar. Ni su niñez ni juventud fueron fáciles ni elegres. Su padre, Michael Peder Kierkegaard, era un comerciante de orígenes humildes, casado con la hermana de un compañero, que murió a los dos años de contraer matrimonio. El lugar de su esposa no tardaría en ser ocupado por una joven del personal de servicio de la casa a la que dejó embarazada. El padre de Kierkegaard, hombre austero y de severa religiosidad, siempre vivó su segundo matrimonio como algo vergonzante al tiempo que pecaminoso -aunque no todos los estudiosos del danés están de acuerdo con esta afirmación. Antes que nuestro filósofo cumpliera los 21 años, su madre y cinco de sus hermanos habrían muerto (“tuvo que saborear la amargura insoportable de la muerte”, escribe Rafael Larrañeta en La lupa de Kierkegaard). El trágico destino de los Kierkegaard convenció al padre de que alguna maldición pesaba sobre ellos, a causa de esto vivió el resto de su vida sumido en un hondo sentimiento de culpabilidad que tuvo su correlato en un régimen doméstico rayano a la teocracia. Así Sören creció en un ambiente de aflición y luto perpetuo que forjaría su carácter sumamente melancólico y reflexivo.

“Un punto totalmente aislado en medio del océano”

Siguiendo los pasos de su hermano y el dictado paterno, comenzó los estudios de Teología. Aunque sus comienzos fueron prometedores, cambió las aulas por los cafés y las tertulias de la capital danesa, como después harían los estetas de sus obras. Kierkegaard había abrazado una vida licenciosa, lo que hacia explícito el rechazo del filósofo por la asfixiante atmósfera religiosa a la que habia sido sometido por su padre desde la infancia. De hecho, entre padre e hijo se había establecido una difícil relación, mezcla de amor y temor, que sólo vería su final con la muerte del cabeza de familia, acaecida en 1838. Fallecido éste, Sören se vio libre para poder tomar sus propias decisiones. Terminó los estudios de teología, comenzó a asistir al seminario para ordenarse e, incluso, llegó a hacer público su compromiso con la joven Regine Olsen -‘¡Reregine_olsengina mía, dueña y reina de mis días y mis noches!’, llegó a escribirle-. Parecía que el joven Sören ponía las bases para una nueva vida y una reconciliación póstuma con el plan de vida que su padre le había trazado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad…

La herencia recibida tras la muerte de su padre le hizo ver un horizonte diferente: dedicar la vida por entero a escribir y dar a conocer su ideas. Así, en 1841, abandonó a Regine, abandonó el seminario y abanadonó la idea de ordenarse. Defendió su tesis doctoral –Sobre el concepto de la ironía– y sem archó a Berlín para asistir a los cursos de Schelling -es posible que nuestro danés compartiera entonces aula con unos jóvenes Marx, Engels, Bakunin y Burckhardt.

Aunque salió decepcionado de las clases de Schelling, su estancia en Berlín no resultó tiempo perdido. Al contrario. Escribió, esbozando las lineas fundamentales de O lo uno o lo otro, publicada en 1843 bajo el pseudónimo de Victor Eremita. Tras la publicación de esta,m escribiría casi la totalidad de sus obras más logradas y conocidas: La repetición, Temor y temblor, Migajas filosóficas o un poco de filosofía, el Post-scriptum, Etapas en el camino de la vida, Las obras del amor, Punto de vista de mi actividad como escritor, La enfermedad mortal o de la desesperación y el pecado,…

Kerkegaard moriría el 11 de noviembre de 1855. Seis semanas antes había sufrido un colapso en la calle.

tumba de Soren Kierkegaard

En los últimos años de su vida se había embarcado en una cruzada personal contra el cristianismo oficial, encarnado en la Iglesia Luterana estatal, y fue esta empresa la que, parece, consumió sus últimos esfuerzos. Kierkegaard fundó su propia publicación periódica, a la que llamó El Instante. Convertido en un clásico de la literatura satírica, el panfleto causó furor en su época. Armado con su fina ironía, el danés se dedicó a criticar el cristianimo danés: a la iglesia como institución, al concepto de cristianismo que la iglesia predicaba,… Para Kierkegaard el cristianismo, y más concretamente la experiencia de fe,  no es algo susceptible de ser reducido a una serie de proposicones lógicamente deducibles. Ante todo es algo que debe ser vivido, pues la fe es pasión.

“Aunque se lograse reducir a una fórmula concptual todo el contenido de la fe, no se seguría con ello que nos hubiesemos apoderado adecuadamente de la fe de un modo tal que nos permitiese ingresar en ella o bien ella en nosotros”

Temor y temblor

Para el filósofo danés la vida es un ejercicio de elección libre y responsable entre diferentes maneras de realizar la propia existencia. Su pensamiento contempla tres modos de concebir la cida a lso que etiqueta ‘estadios’: estético, ético y religioso. Cada uno de ellos constituye un horizonte de sentido por sí mismo.

Esta perpetua preocupación por ser uno mismo, concreto y singular, ante Dios es la clave para entender la original visión filosófico-teológica de la vida desarrollada por el pensador de Copenhague. El hombre, por naturleza, vive al albur de inclinaciones contradictorias. El hombre es finitud e infinitud, libertad y necesidad, eterno y temporal… El pecado no es otra cosa que no querer ser uno mismo ante Dios. Pasar de un estadio a otro significa romper de manera radical con la actitud de vida presente para abrazar algo nuevo y desconocido –el salto al vacio-. En la filosofía de Kierkegaard, el abismo que separa aquello que uno es de aquello que pordría ser se llama angustia. Pero al contrario de lo que se pueda pensar, la angustia y el dolor que genera se convierte en posibilidad de libertad en tanto que sacude al hombe y le hace reflexionar sobre el sentido de su vida. Esta sacudida tiene el poder de empujar al hombre hacia la superación. A mayor angustia, mayor perfección en el camino de la realización como individuo. En la filosfía del danés, por tanto, la libertad y la responsabilidad, están indisolublemente unidas a los conceptos de angustia y pecado.

Sören Kierkegaard vivió su vida en soledad, con sólo un deseo: “ansiaba llegar a ser él mismo entre muchos” (Rafael Larrañeta en La lupa de Kierkegaard, página 146).

Søren-Kirkegaard

Si Dios lo quiere…

Una cosa es la esencia y otra la existencia.

Una cosa es la esencia y otra la existencia. Que podamos pensar en algo no significa que ese algo exista. En la filosofía de Tomás la existencia depende de lo que Dios quiera.

-Si Dios lo quiere, habrá pastel.

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