Selectividad 2017 ¡Suerte!

Queridos todos, alumnos y alumnas, concentración, fuera nervios y ¡a por todas!

 

El futuro… por Forgesselectividad

Sin cultura o sin vestidos

Como siempre, Quino dando en el blancobmu3iglciaepirf

Una mente que se abre

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¡Google, vete a la mierda!, por el Comité Invisible

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En octubre de 2014, el CI publicó un escrito sobre los medios de control social ejercidos a través de internet. Presentaron a Google como un nuevo método de control, y al mismo tiempo como método de desobediencia.

En este escrito que os traigo a colación, el CI nos recuerda que muchos de los programas que hoy utilizamos como redes sociales fueron en su origen programas que servían a diferentes grupos de activistas para coordinarse.
Estos programas tejieron una red de conexiones interciudadanas que deberían servir para liberarnos, para democratizar y compartir información útil. Incluso los gobiernos deberían saber que “gobernar significa garantizar la interconexión entre personas, objetos y máquinas, así como la circulación libre de la información que se genera de esta forma”. Mas el peligro está en que estas formas de comunicación sirven también como formas de control ciudadano. “Facebook no es tanto el modelo de una forma de gobierno, sino su realidad ya en operación”, lo que no quita, nos avisan, de poder usarlo en contra de sí mismo. Aunque, subrayan, el peligro real es Google y su motor de búsqueda, su poder de rastreo, porque “uno nunca mapea un territorio del cual no pretende apropiarse”.

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El uso avanzado de las redes sociales y los movimientos sociales coordinados nos anuncian de que estamos poco a poco asistiendo a la crisis de la economía política “como arte de gobernar”, porque la económica es un arte, desde el siglo XVII, de gobernar a la población. Este arte exigía evitar la escasez para evitar disturbios, había de buscarse una armonía que partiría del crédito, la confianza. Pero ese tiempo ha llegado a su fin.

Occidente “está viviendo la crisis de la confianza en sus propios fundamentos” y la cibernética se desarrolla sobre esta “herida” y nos trae un mensaje de carácter apocalíptico, ya que su pretensión es frenar el movimiento caótico del mundo, controlando y organizando la información.

Así, poco a poco, desde los años 80 hemos ido creando un yo sin yo, un ser constituido por su exterioridad y sus vínculos. Un yo cuantificable y monitoreado que pierde interioridad porque no importa lo que tiene dentro. Ha sido creado el hombre Smart, rodeado de cosas inteligentes que producen un constante flujo de información que crea mapas de personas, de masas; lo que, a su vez, construye una base de datos única para predecir los reacciones de la ciudadanía.
Se abre una brecha entre las personas públicas y las personas ocultas. Se abre la brecha entre lo real y lo virtual, creando necesidades no reales que se transforman en reales y, al mismo tiempo, nos alejan de la verdadera realidad.

Pero todo ello nos llevará al re-descubrimiento de la verdadera realidad, a la recuperación de las verdaderas amistades,… a volver a enriquecer la existencia humana.

Así que no tiene la cibernética solo una cara negativa. Como tampoco tiene una única cara la técnica que construyo el mundo (exterior a nosotros) y nuestros mundos (los que nos circunda). Lo peligroso de todo este desarrollo (¿avance?) es el uso de la tecnología como expropiación de las técnicas que constituye lo humano.

Gobiernos como el de EEUU aprovechan a los hackers y ciberdelincuentes, para reconducirlos y aprovecharlos para ordenar, vigilar, y controlar lo que ellos saben descontrolar y desordenar.
Libertad y vigilancia pertenecen al mismo paradigma de gobierno, pues solamente los sujetos libres, considerados como una sola masa, pueden ser gobernados.

Ser libre y tener vínculos fue originariamente una misma cosa (el artículo remite a las rices indoeuropeas de las palabras friend y free -amigos y libertad, potencia que crece al ser compartida, dice el artículo-). La actual libertad individual impide formar grupos fuertes que originan verdaderas estrategias y no solo ataques aislados.

Como dice el texto, no podemos permitir que un hacker se convierta en un soplón del gobierno. Que aquello que era acto de rebelión pase a ser sumisión y colaboración. Nada nuevo bajo el sol…

Nos hacen creer que somos más libres para que no notemos las cadenas que nos mantienen en la caverna. Refuerzan las sombras para que no veamos la luz del sol. ¿Qué haremos ante tal situación? ¿Qué estamos haciendo?

Para leer el artículo completo:

http://registromx.net/ws/wp-content/uploads/2015/01/Comit%C3%A9-Invisible_Fuck-off-Google_Esp.pdf

También es interesante, para complementar la reflexión del CI, ver La red social, El quinto poder y We steal secrets

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Tierra quemada, por Antonio Muñoz Molina

Tierra quemada

En las evaluaciones sobre estos últimos años nadie parece caer en la cuenta de la devastación que ha sufrido nuestro país en todo lo relacionado con la educación, la cultura y el conocimiento. En los programas electorales que van adelantándose en los simulacros de debates políticos de la televisión tampoco parece que haya sitio para reflexionar sobre esos problemas, y ni siquiera para mencionarlos. La política consiste sobre todo en hablar a gritos de política. El declive de la enseñanza pública ya no es ni siquiera noticia, a no ser que un profesor resulte gravemente agredido por un papá o una mamá que no hacen nada por educar a su hijo, pero no toleran que la criatura se lleve el más tenue sinsabor en el aula. Un ministro de Educación frívolo y chulesco se fue a París con un cargo opulento dejando a otros la tarea de poner en marcha la nueva ley inútil, confusa y no debatida ni pactada con nadie. Que la ley borrara la Filosofía de la enseñanza no quiere decir que fuera favorable al conocimiento científico. El analfabetismo unánime sigue siendo la gran ambición de la clase dirigente y de la clase política en España.

Un profesor universitario de letras que acaba de jubilarse por abatimiento me cuenta que se cansó de corregir las faltas de ortografía de muchos estudiantes con la misma dedicación que si diera clases en Primaria; profesores de ciencias me dicen que hay cada vez menos alumnos en las carreras de Física o Química. En cualquier capital extranjera donde he estado en el último año me encuentro con los mejores entre los que sí han aprendido: descubren la sorpresa de trabajar en atmósferas favorables a la investigación y al estudio, sin el castigo agotador de ir contracorriente; en la mayor parte de los casos aceptan con melancolía la evidencia de que si quieren progresar en lo que hacen, el precio será no poder regresar. Grave es que los nativos tengan vedado el regreso, pero igual de grave es que no haya posibilidad de atraer al talento forastero. Nada es más fácil que un gran matemático de Nueva Delhi encuentre un puesto en una universidad de California, pero es muy probable que ni al más brillante profesor de la Universidad de Jaén se le abra nunca la posibilidad de conseguir una plaza en la de Murcia.

Del presidente del Gobierno se sabe que es lector del diario Marca y de La catedral del mar. El ministro de Justicia declara que la tortura pública del toro de Tordesillas es una noble tradición cultural. Las únicas tradiciones culturales que se preservan son las que contienen residuos de barbarie o de oscurantismo religioso. El ministro de Economía y el ministro de Hacienda se aseguran de arruinar el teatro con un IVA del 21%. Las televisiones públicas dedican sus mejores horarios al fútbol, a los chismes del corazón y al adoctrinamiento identitario. Se dan ayudas públicas a los bancos y a los fabricantes de coches, pero no a la industria del libro ni a las librerías. Lo que han hecho por los libros estos Gobiernos recientes es cancelar las compras para las bibliotecas. En las de los Institutos Cervantes no hay novedades de los últimos años, y hace tiempo que se cancelaron las suscripciones a las revistas culturales. El desguace de la capacidad de acción cultural de los Cervantes y su sometimiento cada vez mayor a presiones de políticos y diplomáticos es uno de tantos desastres ocultos de estos últimos años.

Hace unos días, en este mismo periódico, Diego Fonseca contaba la historia vergonzosa del legado de Santiago Ramón y Cajal. Treinta mil objetos que atestiguan la vida, los logros científicos y los intereses variados de uno de los grandes héroes intelectuales de nuestro país están arrumbados en una sala de reuniones en la sede del Consejo Superior de Investigaciones Científicas: sus papeles, sus fotografías, sus diplomas, sus dibujos prodigiosos, sus microscopios, los objetos que tocaron sus manos y formaron parte de su vida. Entre 1984 y 1997 esos tesoros habían estado amontonados en un sótano. El deterioro de materiales tan frágiles como manuscritos y placas fotográficas es irreversible. Quién imagina que pudiera suceder algo parecido en Francia con el legado de Pasteur, con el de Darwin en Inglaterra. El año pasado Javier Sampedro informó de la desaparición escandalosa de la mayor parte de la correspondencia de Cajal: 12.000 cartas que atestiguarían su vida privada y sus intercambios incesantes con los mejores neurólogos de su época. El profesor Juan Antonio Fernández Santarén, editor de esa correspondencia, ha denunciado la cadena de irresponsabilidades, de negligencia, de pura desvergüenza, que hizo posible tal despojo: alguien robó en 1976 unas 15.000 cartas depositadas en el CSIC. Unas 3.000 cayeron en manos de un librero de viejo, que al menos tuvo el gesto de vendérselas a la Biblioteca Nacional. De las demás no hay ni rastro.

El analfabetismo unánime sigue siendo la gran ambición de la clase dirigente y de la clase política en España

He estado leyendo estos días los Recuerdos de mi vida de Cajal, en una excelente edición del profesor Fernández Santarén. En ese libro están algunas de las mejores páginas memoriales que se han escrito en España. Es el relato de un largo aprendizaje, heroico en su amplitud y en su dificultad, el de un chico travieso y rebelde de pueblo, en un país atrasado y deshecho por convulsiones políticas, que descubre primero su amor por los animales, por la botánica y el dibujo, y luego su vocación científica, en la que es decisiva su curiosidad congénita y su talento de artista. Llegado a la investigación justo después de los hallazgos formidables de Darwin y Pasteur, Cajal estableció algunos de los cimientos sobre los que todavía se sostienen la biología y la neurociencia. Si nuestra cultura científica no mereciera más desprecio todavía que la literaria o la artística, seríamos conscientes de que Cajal es una de las pocas figuras de verdad universales que ha dado nuestro país: como Cervantes, o García Lorca, o Picasso, o Manuel de Falla, o Velázquez.

A Cajal su educación como dibujante y su sentido estético le ayudaron a dilucidar la anatomía fantástica de las neuronas. Y su mirada de científico le permitió juzgar con más lucidez que cualquiera de los santones del 98 los motivos del atraso español e imaginar políticas sensatas para empezar a remediarlo. Cajal vivió como oficial médico la primera guerra de Cuba y no olvidó nunca los efectos terribles de la frivolidad política, la incompetencia militar, la corrupción que enriquecía a oficiales e intermediarios con el dinero robado a la alimentación y a la salud de los soldados, que morían de malaria y disentería en hospitales inmundos. En su adolescencia asistió a la hermosa revolución liberal de 1868, tan rápidamente malograda; tuvo una vida tan larga que vio también en su vejez la otra ilusión renovadora de la II República. Hasta sus últimos días vindicó los mismos ideales prácticos que lo habían sostenido en su aprendizaje de científico y de ciudadano: curiosidad, educación, esfuerzo disciplinado, ambición lúcida, patriotismo crítico. Que la mayor parte de sus cartas se haya perdido y que su legado permanezca arrumbado en un almacén es una calamidad y una desgracia, pero también es un síntoma de todo lo bajo que hemos caído, de todo lo más bajo que todavía podemos caer.

Por Antonio Muñoz Molina, en El País, 20 de octubre de 2015

La Educación Prohibida

La educación tradicional parece haber tocado techo. Las nuevas tecnologías, las nuevas generaciones, la nuevas necesidades afectivas… la evolución individual y social… Todas estas cosas hacen que muchos docentes, padres, pedagogos, etc. se hayan planteado buscar caminos alternativos al sistema educativo convencional.

La filosofía, que es amor al saber, debe también buscar en estos nuevos caminos vías para renovar su forma de transmisión, de darse a conocer y de darse a saber.

Es por ello que os dejo este documental que explora este cuestionamiento del actual sistema de enseñanza.

La Educación Prohibida es una película documental que se propone cuestionar las lógicas de la escolarización moderna y la forma de entender la educación, visibilizando experiencias educativas diferentes, no convencionales que plantean la necesidad de un nuevo paradigma educativo.

La Educación Prohibida es un proyecto realizado por jóvenes que partieron desde la visión del quienes aprenden y se embarcaron en una investigación que cubre 8 países realizando entrevistas a más de 90 educadores de propuestas educativas alternativas. La película fue financiada colectivamente gracias a cientos de coproductores y tiene licencias libres que permiten y alientan su copia y reproducción.

La Educación Prohibida se propone alimentar y disparar un debate reflexión social acerca de las bases que sostienen la escuela, promoviendo el desarrollo de una educación integral centrada en el amor, el respeto, la libertad y el aprendizaje.

(El texto en cursiva es original de la web http://www.educacionprohibida.com/)

El materialismo de Papá Noel y la espiritualidad del Niño Jesús, por Leonardo Boff

Un buen día, el Hijo de Dios quiso saber cómo andaban los niños y las niñas, a los que en otro tiempo, cuando estuvo entre nosotros, “tocaba y bendecía”, y de los había dicho: “dejad que los niños vengan a mí porque de ellos es el Reino de Dios” (Lucas 18, 15-16).

Como en los mitos antiguos, montó en un rayo celeste y llegó a la Tierra unas semanas antes de Navidad. Asumió la forma de un barrendero que limpiaba las calles. Así podía ver mejor a la gente que pasaba, las tiendas todas iluminadas y llenas de cosas envueltas para regalo y especialmente a sus hermanas y hermanos más pequeños que andaban por ahí, mal vestidos y muchos con hambre, pidiendo limosna. Se entristeció sobremanera porque se dio cuenta de que casi nadie seguía estas palabras que él había dicho: “quien recibe a uno de estos niños en mi nombre a mí me recibe” (Marcos 9,37).

Vio también que ya nadie hablaba del Niño Jesús que venía, escondido, en la noche de Navidad a traer regalos a todos los niños. Su lugar había sido ocupado por un vejete bonachón, vestido de rojo, con largas barbas y un saco a la espalda, que gritaba tontamente a todas horas: “Oh, Oh, Oh, Papá Noel está aquí”. Sí, en las calles y dentro de los grandes almacenes estaba él, abrazando a los niños y sacando de su saco regalos que los padres habían comprado y puesto dentro. Se dice que vino de lejos, de Finlandia, montado en un trineo tirado por renos. La gente había ido olvidando a otro viejito, este sí realmente bueno: San Nicolás. De familia rica, por Navidad hacía regalos a los niños pobres diciendo que era el Niño Jesús quien se los enviaba. De todo esto nadie hablaba. Sólo se hablaba de Papá Noel, inventado hace poco más de cien años.

Tan triste como ver a niños abandonados en las calles, era ver como se embobaban, seducidos por las luces y por el brillo de los regalos, de los juguetes y por mil cosas que los padres y madres suelen comprar para regalar con ocasión de la cena de Nochebuena.

Los reclamos publicitarios, muchos de ellos engañosos, se gritan en voz alta, suscitando el deseo de los pequeños que luego corren hacia sus padres pidiéndoles que les compren lo que han visto. El Niño Jesús, travestido de barrendero, se dio cuenta de que aquello que los ángeles cantaron de noche por los campos de Belén “os anuncio una alegría, que lo será también para todo el pueblo porque hoy os ha nacido un Salvador… Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a la gente de buena voluntad” (Lucas 2, 10-14) ya no significaba nada. El amor había sido sustituido por los objetos y la jovialidad de Dios, que se hizo niño, había desaparecido en nombre del placer de consumir.

Triste, montó en otro rayo celeste, pero antes de volver al cielo, dejó escrita una cartita para los niños y las niñas. La encontraron debajo de las puertas de las casas y, especialmente, de las chabolas de los montes de la ciudad, llamadas favelas. La carta decía así:

Queridos hermanitos y hermanitas:

Si al mirar el portal y ver allí al Niño Jesús, junto a José y María, os llenáis de fe en que Dios se hizo niño, un niño como cualquiera de vosotros, y que es el Dios-hermano que está siempre con nosotros.

Si conseguís ver en los demás niños y niñas, especialmente en los más pobres, la presencia escondida del niño Jesús naciendo dentro de ellos.

Si sois capaces de hacer renacer el niño escondido en vuestros padres y en las otras personas mayores que conocéis, para que surja en ellas el amor, la ternura, el cuidado y la amistad en lugar de muchos regalos.

Si al mirar el pesebre y ver a Jesús pobremente vestido, casi desnudo, os acordáis de tantos niños igualmente mal vestidos, y os duele en el fondo del corazón esta situación inhumana, y quisierais compartir lo que tenéis, y deseáis desde ahora cambiar estas cosas cuando seáis mayores para que no haya nunca más niños y niñas que lloran de hambre y de frío.

Si al descubrir a los tres Reyes Magos que llevan regalos al Niño Jesús pensáis que hasta los reyes, los jefes de estado y otras personas importantes de la humanidad vienen de todas partes del mundo para contemplar la grandeza escondida de ese pequeño Niño que llora sobre unas pajas.

Si al ver en el nacimiento la vaca, el burrito, las ovejas, las cabritinas, los perros, los camellos y el elefante, pensáis que todo el universo está también iluminado por el divino Niño y que todos, estrellas, soles, galaxias, piedras, árboles, peces, animales y nosotros, los seres humanos, formamos la Gran Casa de Dios.

Si miráis al cielo y veis la estrella con su cola luminosa y recordáis que siempre hay una Estrella como la de Belén sobre vosotros, que os acompaña, os ilumina, y os muestra los mejores caminos.

Si aguzáis bien los oídos y escucháis a través de los sentidos interiores una música suave y celestial como la de los ángeles en los campos de Belén, que anunciaban paz en la Tierra.

Sabed entonces que yo, el Niño Jesús, estoy naciendo de nuevo y renovando la Navidad. Estaré siempre cerca, caminando con vosotros, llorando con vosotros y jugando con vosotros, hasta el día en que todos, humanidad y universo, lleguemos a la Casa de Dios, que es Padre y Madre de infinita bondad, para ser juntos eternamente felices como una gran familia reunida.

Firmado: Niño Jesús

Belén, 25 de diciembre del año 1

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Texto publicado originalmente en Koinonia: http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=609

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Nietzsche y la revuelta que viene, de Ignacio Castro Rey

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La escritura de Tiqqun y el llamado Comité Invisible, inolvidable incluso como género de ficción leído al margen de su precisión política, no podría hacerse tal vez sin cuatro anómalos factores que la caracterizan. Primero, una profunda implicación con la praxis, con la acción individual y la actividad comunitaria, con el esfuerzo físico y laboral en el que se implican: carpintería, agricultura, electricidad, comercio. El carácter práctico de este medio anónimo está antes y después de sus teorías; mejor dicho, funde lo teórico con la metamorfosis de cada situación. Viven siempre en una suerte de absoluto local donde la comunicación se produce con las otras posibilidades de la presencia real (¿por eso no usan teléfonos móviles?). Recordemos esta significativa frase: “No hay ‘transición al comunismo’, la transición es la categoría del comunismo, del comunismo en tanto experimentación”. Y en esta otra: “una física que reserve a cada ser y a cada situación su disposición al milagro”.

Segundo, un singular compromiso común, comunitario. Los documentos son anónimos porque están escritos por muchas manos y por muchas voces, en un intercambio donde cada uno modula su tono por otros, no siempre familiares ni conocidos. La crítica brutal a la normalidad de las metrópolis se da desde una buena relación con las comunidades pequeñas, casi rurales (Tarnac).

Tercero, una inquietante cercanía a la corrupción popular del presente. Esta praxis comunitaria está infiltrada en la superficie masiva, cultural y popular, y sin esa infiltración no podrían servirnos la infinidad de detalles que salen del corazón del imperio. Detalles que valen por sí mismos, aun arrancados de la textura subversiva en la que se inscriben.

Cuarto, esta infiltración en las entrañas del presente indica que su primera militancia es en otra percepción de lo diario. Lo cual les permite la convergencia con cien autores distintos que no tienen por qué citar, puesto que beben en la misma fuente, a la vez común y clandestina: el aura de una lejanía que palpita aquí, en una cercanía atávica (Nietzsche-Benjamin). Otra idea: “Para el brujo, el más allá se encuentra aquí mismo”.

Tres ejemplos de El bello infierno: a) “(…) la reflexividad penetrará cada segundo de la existencia y nadie llevará a cabo un acto sin ser al mismo tiempo su espectador. En última instancia, nadie hará el amor sin ser consciente en todo momento de estar haciéndolo, lo que convierte el arte erótico en pornografía universal”. b) “(…) todo conflicto es desactivado de antemano. ‘No soy quien tú crees, ¿sabes?’, susurra la criatura metropolitana mientras se deconstruye en vuestra cama”. c) “Este famoso ‘presente perpetuo’ con el que tanto nos machacan los oídos no es más que un arresto domiciliario en el mañana”.

En cuanto a la presencia soterrada de Nietzsche en este proyecto político… hay que decir que está (más que en Foucault y Agamben) pretendidamente filtrada por Marx y Hegel. No son directamente “nietzscheanos”, puesto que quien escribió Así habló Zaratustra no podría compartir ninguna resolución histórica de la “forma-de-vida”. Nietzsche mantiene insobornablemente la distinción entre vida e historia, Tierra y Occidente, y esto no parece evidente en este colectivo anónimo, de bordes imprecisos. Si el “afuera ha pasado adentro” para Tiqqun, no es así para Nietzsche, en quien siempre persiste el espíritu de la geografía, el sentido de una tierra que reaparece por fuera.

Dicho esto, es preciso recordar que sin la atmósfera “Nietzsche” la andadura de Tiqqun, sus fuentes (Stirner, Debord, Foucault, Agamben) y sus herederos invisibles, sería difícilmente actual. Para empezar, su propuesta de inseparación, de pensar contra nuestra metafísica de la separación. Es esencialmente nietzscheano pensar contra nuestro maniqueísmo, este platonismo que aleja lo sensible de lo suprasensible, lo humano de lo no humano, la conciencia del mundo, el saber del poder, el trabajo de la existencia, la forma del contenido, el arte de la vida, la contemplación de la acción.

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El comunismo resultante, que se cuidan de separar de Marx y de toda estética, implica pues una especie de relación erótica con las formas de vida locales. Bajo la cólera del “martillo”, que destruye los ídolos en los que nos refugiamos, el éxtasis de un retorno a la inmediatez, a una “temporalidad interior a la historia”. Dentro de su furia revolucionaria, Tiqqun mantienen una relación con lo “telúrico” que tal vez esté más matizada en Foucault, en Deleuze y en Agamben. Si bien es cierto que no citan casi nunca a Nietzsche -entre otras, por razones “políticas”-, compartirían con él dos cosas inmediatas: una descripción apocalíptica de lo social desde una muy buena relación con lo intocable que brota de la muerte, el éxtasis inmediato del tiempo. De ahí las continuas referencias a un tiempo “mesiánico” que se abre en medio de toda cronología.

De ahí también la vinculación de comunismo y magia. Lo común brota de la relación secreta entre lo externo y lo interno, el acto y el pensamiento, la cosa y la palabra, la materia y el espíritu (Artaud). Por el contrario, según Tiqqun nosotros estamos siempre acoplados a dispositivos suprasensibles. En otras palabras, poseídos por una “idea estética de la libertad” que la encadena al desapego, a la indeterminación. Frente a esta elevación “cristiana” de la libertad (la del “directivo”), ellos defienden la “evidencia materialista” de las formas de vida, la comunidad de un encuentro que permita asaltar desde dentro este plexo imperial de la hostilidad.

Repasemos ahora, sin mucho orden ni concierto, algunas otras posibles zonas de convergencia entre Tiqqun y Nietzsche, sean asumidas o no por ese medio anónimo:

* Asumir el ser del devenir, la necesidad de la contingencia: de la vida, del encuentro, de la comunidad, del comunismo. “Todo lo que es, es bueno”. Las referencias al así, al como del Tiqqun recuerdan la “superación de la venganza” nietzscheana, ese “convertir todo fue en un así lo he querido yo”. Y también al amor fati estoico, el gran sí, la “eterna confirmación y sanción” de cada cosa en el eterno retorno.

* Bajo el nihilismo, el hombre quiere “una nada segura antes que un algo incierto”. Esta es la niebla del Bloom, su estabilidad larvaria: un poco a la manera del “último hombre” nietzscheano, por un lado, y del “nihilismo consumado” por otro. El “platonismo” de Nietzsche, esa geometría de la nivelación, recuerda mucho a la alienación conformada, normal, sonriente,”puesta a trabajar” del Bloom. Recuerda más a esto que a la “conciencia infeliz” de la alienación en Marx. El hombre es algo que debe ser superado; el Bloom es algo que debe ser superado.

* Las continuas alusiones al biopoder y su alianza con el espectáculo recuerda a la moral nietzscheana, a la ilusión platónica de una neutralidad que se ha incrustado como “mímica de los afectos”. Platonismo disperso, fundido con las emociones: Jovencita. A su vez la neutralidad del Se de origen heideggeriano, esa “vigilancia sin vigilantes”, parece emparentado con la neutralidad del poder gregario moderno: “Ningún pastor, un solo rebaño”.

* Igual que en el biopoder de Foucault-Tiqqun, el platonismo imperial de Nietzsche no está enfrente, situado sobre el hombre, sino que brota de una delegación psíquica de la subjetividad, una huida metafísica de la existencia mortal hacia la identidad apolínea, formateada por la red social, como un nudo de ella. De ahí el interés nietzscheano por la psicología, por la genealogía.

* Tanto en un lado como en el otro, lo universal es algo que se cumple en una intensidad local, efímera, contingente. Se da un continuo privilegio en ambos proyectos de lo “local” frente a lo “global”, de lo pequeño frente a lo grande: lo cual, dicho sea de paso, vuelve a sugerir las complicidades secretas de Nietzsche-Tiqqun con un paleocristianismo. La forma-de-vida frente al Imperio: lo universal es el “infinito en acto” de un vida, su comunidad contingente.

* El “comunismo”, el compromiso “militante” es primeramente vivir de otro modo, percibir de otro modo, bajo la costra histórica que sea. No se trata, ni en Nietzsche ni en Tiqqun, de un regreso al individualismo privado, sino de la individuación que funda comunidad, una comunidad que ocurre siempre de modo inesperado. “Los grandes acontecimientos se acercan con pasos de paloma” (Nietzsche).

* Moral de señores. ¿Quiénes son los “señores”? Lo minoritario no es tal o cual minoría cristalizada. Hay que desconfiar de los ídolos alternativos, de todo lo que no sea nomadismo, guerra civil, “pensamiento que no haya sido caminado” (Nietzsche). No se trata de buscar otra vanguardia, más elevada todavía que la anterior, sino en principio del hombre cualquiera, el hombre-niño que juega con el cómo de cualquier situación. Se trata de madurar para alcanzar la “soberanía del niño” (Tiqqun).

* Se dan simpatías en ambos lados por el pueblo y el hombre cualquiera, común, a pesar de su vulgaridad, frente al mundo de la erudición, la ilustración de los “cultos”. Una simpatía política y metafísica por los “bárbaros” exteriores. En un cierto momento de Temor y temblor, Kierkegaard dice que el “caballero de la fe”, versión cristiana del superhombre, se debe parecer a un dominguero cualquiera. Esto tiene que ver con la obsesión de Tiqqun por el camuflaje, por la infiltración.

* El concepto de forma-de-vida, aparte de su filiación con Wittgenstein y Benjamin-Agamben, está evidentemente vinculado a la figura más alta del conocimiento en Nietzsche, ese superhombre-niño que regresa al “sentido de la tierra”, a lo irregular del devenir como sentido. Existe una famosa escena del Zaratustra donde un pastor vence el peligro mortal de vivir tragándose la serpiente. Esta inversión de la separación, esta inversión de la finitud desde dentro es constante en Tiqqun y sigue apareciendo en La insurrección que viene: la insistencia en el así, en el cómo, es la insistencia en asumir el gusto de la existencia, su clinamen. Tiqqun es una redención que espera en el propio corazón del mal de vivir.

* El niño no sólo tiene más velocidad que el Bloom, sino que recupera el sentido de la extático, lo ahistórico. Es capaz de la theoria, la contemplación que acumula la acción en un punto. Nunca hay que enfrentar la libertad a la necesidad, a la fatalidad o al arraigo: “La mano de hierro de la necesidad sacude el cuerno del azar”, dice Nietzsche invocado por Foucault.

* Metafísica de la separación y metafísica crítica: en ambos casos, superación del nihilismo a través del nihilismo consumado. Al borrar el mundo suprasensible se borra también el sensible como mundo simplemente “material”. La muerte de Dios crea un estremecimiento en el mundo profano, pues el mundo profano descubre que tampoco es profano. Estas ideas de Tiqqun son casi un calco (no citado) de “Historia de un error”, en Crepúsculo de los ídolos.

* El concepto de hostilidad, como algo que el Imperio difunde bajo la neutralización que prohíbe tener amigos y enemigos, está también adelantado por Nietzsche cuando habla del odio que toma caminos torcidos bajo la neutralización moderna y democrática. Se trata de la violencia reptante del rebaño, el pacto, el consenso general. Nietzsche diría, con Freud. “No existen sociedades no represivas”. Otra cosa es la comunidad, el comunismo del encuentro, del cara a cara.

* “En tiempos de paz el hombre belicoso se abalanza contra sí mismo” (Más allá del bien y del mal): el imperio ha desatado la hostilidad, ha puesto a cada cual en guerra consigo mismo. ¿Buscar amigos y enemigos?: Nietzsche, antes que Schmitt. Tanto Nietzsche como Tiqqun eligen que nos reapropiarnos de la “violencia” de la que hemos sido expropiados, violencia de vivir sin la cual no somos nada, nada más que átomos aislados que difunden el odio, la hostilidad. De esta certeza de la violencia normalizadora triunfante proviene una simétrica actitud beligerante, agresiva: estamos en guerra y hay que defenderse.

* ¿Guerra civil? La guerra que es vivir, la inevitabilidad de la violencia que el mundo occidental, con su imperativo de consenso y neutralización, sólo consigue que adopte caminos perversos. Al fin y al cabo, la normalización del platonismo es una forma extrema, impersonal y masiva de violencia. Una y otra vez, para Nietzsche y en Tiqqun, el mensaje social es “el medio”, la mediación sin fin del consenso: en suma, el mensaje es el miedo. Sin él, el mundo moderno no funciona.

* “Autoridad de la mercancía” (Tiqqun), del movimiento: como si el neocapitalismo hubiera evitado la torpeza paternal del viejo sistema y pasara ahora a un poder sonriente, materno, uterino, participativo. Tiqqun es el contraefecto de este platonismo dinámico que crea una “marginalidad de masas”. Muchedumbres solitarias donde cada cual se ha convertido en ajeno a sí mismo. Igual que en Nietzsche, para Tiqqun se trata de provocar y desafiar este poder maternal, indulgente, algodonoso, uterino, sonriente.

* Situacionismo molecular: el “aquí y ahora” de la vida, del encuentro, del acontecimiento comunitario (aunque se produzca en presencia de un solo individuo). Esto recuerda a la “individuación sin sujeto” de Deleuze, pero (una vez más) es algo que viene de Nietzsche: el Instante en que se produce la revelación del Eterno Retorno, el halo de lo ahistórico que impulsa a la historia, la fuerza nocturna de lo dionisíaco. Dioniso gobierna a Apolo, El mito es algo que cambia la historia, incluso la revoluciona, pero no pertenece a ella.

* Desde esta experiencia “mesiánica” de la presencia, Tiqqun denuncia ese “arresto domiciliario en el mañana” propio de este presente perpetuo que se nos vende. Se ha producido un descreimiento en lo real, de lo que tenemos ante nuestros ojos, una inquietante “crisis de la presencia”. Y esto recuerda otra vez el “odio” a lo real que la genealogía nietzscheana descubre en nosotros, los modernos, esa “aversión contra el tiempo y su fue”. Esto es lo que, según Tiqqun, la estética, el diseño y el urbanismo deben remediar. En suma, la publicidad como sucedáneo de la policía.

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Artículo original en:

http://fronterad.com/?q=bitacoras/ignaciocastro/nietzsche-y-revuelta-que-viene

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.

Más escritos de Ignacio Castro Rey en Frontera D: http://www.fronterad.com/?q=blog/1199

¿Le importaría preguntarme otra cosa?, por Manuel Cruz

Filósofo es alguien a quien siempre le preguntan ‘¿Para qué sirve la filosofía?’. La grandeza de la filosofía no nace de estar por encima de la historia, sino de hacerse cargo de ella, y de poner todo en cuestión.

¿Qué es la filosofía?

Ahí va una definición de urgencia de filósofo: “filósofo es alguien a quien todo el tiempo le andan formulando la misma pregunta ‘¿para qué sirve la filosofía?’”. La definición, claro está, podría ser más afinada e incorporar matices que perfilaran mejor la idea, aunque fuera a costa de su contundencia. Así, también se podría enunciar esto mismo —intentando el difícil ejercicio de mirar de reojo al mismo tiempo a Jorge Luis Borges y a Thomas S. Kuhn— con más palabras: “filósofo es alguien tenido por tal en su sociedad, que, en cuanto alcanza un determinado nivel de notoriedad pública y/o visibilidad, empieza a recibir sistemáticamente la pregunta ‘¿para qué sirve la filosofía?’”. Nada sustancial cambiaría en la versión extendida, fuera de que, tal vez, haría algo más comprensible el contenido de lo que se estaba intentando expresar.

Posiblemente no constituya una definición de una gran potencia heurística, esto es, posiblemente no sirva para avanzar en el conocimiento, descubrir aspectos insospechados de los asuntos que nos conciernen o proporcionar soluciones de ningún tipo a nuestros problemas más importantes, pero sí posee un cierto valor descriptivo, como lo prueba el simple hecho de que sin duda los profesionales de esto se reconocerán en la experiencia de haber sido reiteradamente preguntados en el sentido indicado. Y ya se sabe que con una buena descripción tenemos buena parte de nuestras dificultades teóricas resueltas o, por lo menos, bien encaminadas hacia su resolución.

Constatemos por lo pronto que, a pesar de su apariencia, la pregunta (en cualquiera de sus dos versiones) está lejos de ser obvia o trivial. Ni al más bisoño de los periodistas se le ocurre preguntarle al físico nuclear para qué sirve la física, al médico para qué sirve la medicina o al arquitecto para qué sirve la arquitectura. Y si alguien objetara que los ejemplos seleccionados son tendenciosos (y, en la misma medida, irrelevantes) porque en esos casos la aplicación práctica de tales saberes resulta absolutamente evidente, podríamos replicar aportando ejemplos del ámbito de las humanidades que parecen apuntar en la misma dirección. No se le acostumbra a preguntar al historiador para qué sirve la historia, al novelista para qué sirven las novelas o al músico para qué sirve la música.

Pero no nos quedemos en la mera perplejidad y ensayemos alguna hipótesis, aunque sea modesta, para intentar avanzar un poco. Podría ser que, en realidad, lo que estuviera significando la pertinaz pregunta no fuera tanto lo que manifiestamente declara como lo que subyace y no termina de enunciar, que quizá se parece más a esto otro: ¿qué hemos de hacer con la filosofía? Porque, con independencia de que, por ejemplo, el artista a menudo se soliviante y se rebele contra el uso (mercantil, especulativo, ornamental o como símbolo de prestigio) que la sociedad de consumo hace de sus obras, lo cierto es que ésta parece que sabe qué hacer con ellas (de ahí que no se le interrogue al autor por dicha cuestión), mientras que la pregunta por la que empezábamos este papel parece indicar lo contrario respecto a los filósofos.

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Ahora bien, que nuestra sociedad no sepa muy bien qué hacer con la filosofía en absoluto constituye una prueba de que no quepa hacer nada con ella, sino más bien de nuestra falta de destreza al respecto. O, formulando el asunto algo menos en general, el hecho de que nuestra sociedad sea incapaz de considerar de interés ninguna actividad que no esté directamente relacionada con la producción de beneficio económico revela una severísima limitación conceptual, un radical empobrecimiento de los imaginarios colectivos hegemónicos, empobrecimiento que probablemente nadie expresó con mayor certeza que Antonio Machado en sus Proverbios y Cantares al escribir que “todo necio confunde valor y precio”.

Planteo la cosa de manera tan general porque si vemos, por mencionar una cuestión bien específica, las reformas previstas por el Ministerio de Educación en la futura LOMCE (más conocida como ley Wert), reformas que debilitan severamente la presencia de la filosofía en los planes de estudio de secundaria, comprobaremos que forma parte de la misma ofensiva que en otros ámbitos, como el de la sanidad, está dando lugar a efectos directamente escandalosos en muchos casos. ¿O es que se le ocurre a alguien mejor representante de la necedad a la que aludía el gran poeta sevillano que el ministro de Finanzas japonés Taro Aso, quien, en una reunión del comité nacional de reformas de la seguridad social de su país, llegó a animar a los ancianos que padecen enfermedades que requieren costosos tratamientos a darse prisa en morir? (aunque, por cierto, no se termina de ver por qué razón no hubiera debido, siendo consecuente con la argumentación, animar también en idéntico sentido a cualesquiera enfermos incurables, fuera cual fuera su edad).

Que no distraiga la dureza del ejemplo: a fin de cuentas, son muchos los que hoy en día se sirven de la misma lógica que la del ministro japonés, aunque consigan pasar más desapercibidos por utilizarla a otra escala. Pero no razonan de manera realmente diferente, pongamos por caso, todos los responsables sanitarios de nuestro país que están convencidos de que es más importante cuadrar las cuentas que velar por la salud de los ciudadanos. O que opinan, regresando al tema que nos ocupa, que seguir hablando de la necesidad de educar ciudadanos libres y críticos, de transmitir adecuadamente la herencia recibida o de cuidar del legado cultural del que somos hijos constituye una pérdida de tiempo, mera cháchara irrelevante frente a la urgente necesidad de adecuación al mercado de trabajo, que es lo único que parece importarles.

Que nuestra sociedad
no sepa qué hacer con
la filosofía demuestra
su falta de destreza

Es cierto, no hay por qué ocultarlo, que la propia filosofía lleva toda su historia preguntándose por la naturaleza del quehacer filosófico, hasta el punto que, recuperando —levemente desplazada—- la consideración inicial, ha llegado a ser definida como ese discurso que se caracteriza por preguntarse permanentemente por su propio ser. Pero quienes interpretaran semejante pertinacia en la pregunta como un indicio de la esterilidad de lo filosófico en cuanto tal, extrayendo la conclusión de que un saber que ni siquiera es capaz de definirse a sí mismo no se encuentra en condiciones de preguntarse por nada más allá de sus propios límites, errarían por completo. Porque el hecho de que a lo largo de su historia los filósofos no hayan proporcionado siempre idéntica respuesta nos está indicando que en la presunta permanente pregunta resuena el tiempo en el que se plantea.

No se trata de entrar ahora a debatir si existen las cuestiones eternas, inamovibles, aquéllas que, por evocar al clásico, los hombres se plantearán siempre a pesar de saber que no tienen respuesta. Se trata más bien de señalar que la grandeza de la filosofía no pasa por estar por encima de la historia, sino por hacerse cargo de ella. El vértigo que nos produce constatar que pensadores de los que nos separan más de veinte siglos se asombraban ante parecidas cosas ante las que nos seguimos asombrando nosotros hoy no indica que ellos sobrevolaran su propio tiempo o que anticiparan, casi proféticamente, nuestras preocupaciones actuales, sino que nos hace saber del profundo calado de aquello que activaba su pensamiento.

Miremos la cosa, en fin, desde este lado: que la filosofía sea capaz de preguntarse con radicalidad incluso por su propio ser es una clara muestra de que la esencia última de su actividad es ponerlo todo —absolutamente todo— en cuestión. Es para eso —con otras palabras, para ser capaz de recelar incluso de la pregunta, solo en apariencia inocente, por la utilidad— para lo que sirve la filosofía. Probablemente resida aquí la clave para entender la sustancia del permanente acoso a que se ve sometida. Pregúntense quién puede considerar que conviene poner en sordina un discurso como el filosófico, que no deja nada sin cuestionar, y tendrán la respuesta. ¿Me sigue, ministro?

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona.

Su último libro es Filósofo de guardia (RBA).

Artículo original en el siguiente enlace: 

http://elpais.com/elpais/2013/02/18/opinion/1361204362_701904.html

Descartes: poner el mundo en pie, por Amelia Valcárcel

En la educación, la filosofía es esencial porque es la historia de lo que somos.

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Los proemios son declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de la ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje “va dirigido a formar personas autónomas, críticas con pensamiento propio”. No añade “que no sepan quién es Platón, Descartes ni Kant”, pongamos por caso. Eso que no dice, sin embargo es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien, pudiera bien ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser personas autónomas, etc, etc. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas de que nos proveyeron.

El pensamiento es la energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir además, es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el primero que sepamos que se paró a pensar qué hacia diferente a las habilidades de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios, muebles… y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como que estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los arquitectos.

Volvamos a los que sabían ese “algo más”. Estaba claro que no era útil el “algo más”. La utilidad quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta en la Metafísica. “Las teorías se desarrollaron allí donde primero pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal”. El verbo que emplea para decir “vagar o no trabajar con las manos” es esjolaso, una palabra interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros “escuela”. Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría.

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Parte de nuestra política se la debemos a Locke y parte del sentido del humor, a Voltaire.

Es cosa sabida que el mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había Maestros afamados que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente un alguien que fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando, haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad cuando, madura, tuviera ocasión para ello.

Bien pensado, aquí seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de historia, de cristalografía o de prehistoria… que no usaremos probablemente nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos entrenando, por así decir.

De entre esas cosas algunas son extrañas y la filosofía la más extraña. Porque es un saber del que muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña sobre todo, lo pensado, lo que ha sido pensado y su porqué. En un enorme flujo de ideas y argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Esta es una materia que nos habla de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir.

A veces lo peculiar de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos, reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de nuestro sentido del humor a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás a Kant, de lo que entendemos por vivir bien a Epicuro. Eso nos sucede porque ese saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad. Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos una “humanidad pensada”, el resultado de la imaginación ética y política de quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de ese enorme monto reflexivo en que consistimos.

La historia de las ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no sólo forma parte del núcleo duro de las Humanidades, sino que es la raíz misma de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos, debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y morales nos han traído al momento presente.

Por esa persistente peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes. Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo. Eso lo tenemos que seguir sabiendo y trasmitiendo. Que Descartes no es lo que sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que, fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.

Y no puede llega a ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda “¿Quién?… ¿mande?”.

Amelia Valcárcel

es catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED y miembro del Consejo de Estado.

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