Gracias

Hoy es 15 de junio. Un año más el curso se acaba y, dentro de pocos días, cada mochuelo a su olivo.

Algunos, los profesores interinos como yo, diremos adiós a nuestros alumnos y alumnas de este curso sin saber si volveremos a verlos o a saber de ellos; aunque actualmente, gracias a las redes sociales, mantener el contacto es más fácil, pero posiblemente no podremos acompañarlos el próximo curso en su andadura.

En estos pensamientos venía enredada el pasado fin de semana mientras hacía los kilómetros que separan mi actual destino, el IES El Saladillo de Algeciras, de mi casa, en Sevilla, y me dí cuenta que nunca he dado las gracias a mis alumnos.

Así que GRACIAS, que ya tocaba. Y ¿por qué? Porque no hay profesor sin alumno, no hay maestro sin discípulo, no hay enseñante sin aprendiz, y porque yo no sería quien soy si todos y cada uno de vosotros y vosotras no hubierais pasado por mi vida para dejar vuestro granito de arena en mi labor, y en mi.

Gracias a vosotros he crecido cada día un poco más, como profesional y como persona. Gracias a vosotros he aprendido mucho más de lo que habría hecho en cualquier otra profesión porque cada duda vuestra es un reto a mis conocimientos, cada muestra de torpeza de vuestra inexperiencia es un reto para inventar nuevos métodos para llegar a vosotros, no sólo a vuestras cabezas sino a vuestros corazones, parte esencial de cualquier aprendizaje. Gracias a los buenos alumnos, por hacer fácil mi labor y comprender que los profesores también somos humanos (nos equivocamos, nos enfadamos, nos reimos, tenemos familia, necesitamos dormir… y esas cosas que hacen todas las personas). Gracias a los alumnos que no quieren estar en clase y que representan un motivo, un aliciente, un reto mayor en el trabajo de cada día. Gracias por protestar cuando creeis que lo hago mal. Gracias por felicitarme cuando lo hago bien y, no sólo parendeis sino que disfrutais de las clases. Gracias por vuestras risas, vuestros llantos, vuestras bromas, vuestras preguntas absurdas, vuestras preguntas inteligentes, vuestra curiosidad, vuestra pasividad, vuestro murmullo constante, vuestro silencio,… Gracias por ser como sois.

Gracias también a todos aquellos a los que di clases particulares y que me entrenaron, poco a poco, para llegar a ser la profesora que fui, soy y seré. Enfrentarme a problemas diferentes en cada uno de vosotros, acompañaros cada tarde en vuetros agobios, vuestros miedos, vuestros retos, y sentirme parte de vuestros triunfos (y gracias también a vuestros padres que confiaron en mi y, en la mayoría de los casos (y casas) me hicieron sentir como parte de la familia -este tema daría para una larga entrada-).

Gracias por dejarme llevaros al exterior de la caverna 😛

No me extiendo más. Creo que no es necesario. Sólo quería daros las gracias.

GRACIAS

Ángel Gabilondo, “Aristóteles no era de letras ni de ciencias”

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¿Tú eres de ciencias o de letras? Esta es un pregunta que seguro muchos hemos escuchado a o largo de nuestras vidas, y al hilo de esta charla del profesor Gabilondo me ha dado por hacer ciertas reflexiones.

Yo, en particular, soy de letras porque al llegar a bachillerato había que elegir, y yo elegí humanidades porque me encantan el arte, la filosofía y la literatura, y me atraía la idea de aprender a traducir latín y griego, pero no porque no me gustaran las ciencias que, de hecho, me gustan.

En la conferencia, el profesor Gabilondo nos recuerda, y advierte, de los peligros de esta radical división y de como algunos de nuestros grandes sabios e intelectuales no tendrían lugar en nuestro actual sistema educativo solo por el hecho de no ser de letras ni de ciencias, sino de todo un poco. Pone como ejemplo a Aristóteles y a Descartes, pero podríamos mencionar a Leonardo Da Vinci, a María Montessori, a los enciclopedistas ilustrados, …

Los saberes no inmediatamente “útiles” ni “rentables” son también necesarios. El saber es un fin en sí mismo, es el cultivo del espíritu, de la humanidad; es útil todo lo que nos hace mejores aunque no se tengan beneficios.

No podemos confundir sentido con utilidad.

Muchos de los que somos “de letras” o “de ciencias” no olvidamos nunca que saber más es ser más conscientes de todo lo que aún desconocemos y más nos aumenta la curiosidad y necesidad de saber.

Trazar una línea entre ciencias y letras es “fracturar el conocimiento” y “al fracturar el conocimiento nos fracturamos nosotros”.

El objetivo de un buen sistema educativo tiene que ser favorecer una educación integral que prepara para este mundo global y en continuo cambio en el que estamos.

¿Y por qué Aristóteles, en este caso, es ejemplo? Porque él fue hombre de letras y de ciencias, y porque vio el hecho obvio de que todos y cada uno de nosotros somos seres sociales y políticos, inmersos en sociedad. Y, además, somos seres que nos asombramos, que nos preguntamos.

Puede que no veamos la relación pero también avisa el profesor Gabilondo, y creo que es un hecho incuestionable en estos momentos, que “no hay solución económica sin ciencia ni educación pero tampoco habrá salida social y civilizatoria” sin esa educación integral. A la economía, por ejemplo, le  falta humanidad; y es esa economía deshumanizada la que está vertebrando nuestras naciones, cuando deberían ser la ciencia, la cultura y la educación las que las vertebrasen. Es necesario, se hace necesario, conjugar conocimientos y formas de vida para reorganizar, para poner en orden las piezas de este puzzle que es el mundo.

Para que estas nuevas piezas encajen, necesitamos hacer las cosas de otro modo. Ya lo observó Einstein, no podemos buscar resultados distintos haciendo siempre lo mismo. Seguir haciendo las cosas igual, habiendo cambiado las condiciones, es absurdo y no nos llevará -como de hecho no nos está llevando- a ningún sitio.

Humanizar, volver a humanizar, dar sentido humano a todo se hace tarea esencial en estos tiempos. Volver el rostro a Kant -el hombre como fin, no como medio-; porque hay que “pensar que la humanidad no sólo somos nosotros, también los que estuvieron y los que estarán, esto es la sostenibilidad”.

Así, los saberes, el cultivo del espíritu, la humanidad deben ser fines en sí mismos; porque es útil todo lo que nos hace mejores aunque no obtengamos “beneficios” de ello. No podemos dejar que sea cierto aquello de que en tiempo de crisis todo esté permitido, por el contrario, todo debe inspirarnos acciones humanas. Esa obsesión por la utilidad inmediata y con beneficios no sólo mata a las humanidades, acabará matando a la verdadera ciencia (en este punto la referencia a Alfredo Deaño es esencial -no podemos confundir sentido con utilidad-).

Al hilo de esta idea también podemos leer la obra de José Manuel Sánchez Ron, La nueva ilustración; la de Rafael Gómez Pérez, Ni de letras no de ciencias: una educación humana; y la obra de Edgar Morin, La mente bien ordenada. Para organizar los conocimientos y aprender a vivir.

__________

Si queréis escuchar la conferencia del profesor Gabilondo, pinchad aquí o directamente en el vídeo.

La Educación Prohibida

La educación tradicional parece haber tocado techo. Las nuevas tecnologías, las nuevas generaciones, la nuevas necesidades afectivas… la evolución individual y social… Todas estas cosas hacen que muchos docentes, padres, pedagogos, etc. se hayan planteado buscar caminos alternativos al sistema educativo convencional.

La filosofía, que es amor al saber, debe también buscar en estos nuevos caminos vías para renovar su forma de transmisión, de darse a conocer y de darse a saber.

Es por ello que os dejo este documental que explora este cuestionamiento del actual sistema de enseñanza.

La Educación Prohibida es una película documental que se propone cuestionar las lógicas de la escolarización moderna y la forma de entender la educación, visibilizando experiencias educativas diferentes, no convencionales que plantean la necesidad de un nuevo paradigma educativo.

La Educación Prohibida es un proyecto realizado por jóvenes que partieron desde la visión del quienes aprenden y se embarcaron en una investigación que cubre 8 países realizando entrevistas a más de 90 educadores de propuestas educativas alternativas. La película fue financiada colectivamente gracias a cientos de coproductores y tiene licencias libres que permiten y alientan su copia y reproducción.

La Educación Prohibida se propone alimentar y disparar un debate reflexión social acerca de las bases que sostienen la escuela, promoviendo el desarrollo de una educación integral centrada en el amor, el respeto, la libertad y el aprendizaje.

(El texto en cursiva es original de la web http://www.educacionprohibida.com/)

Recuerdos de una estudiante -que fue- de Filosofía. La facultad.

Hace ya algún tiempo, en los comentarios que me dejan en las entradas de este blog, Javi me preguntó por mi experiencia en la facultad de filosofía. Voy a tirar de memoria y os cuento.

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Suelen decir que los años de universidad son los mejores y yo no voy a negar ese principio casi universal, aunque reconozco que intelectualmente esperaba algo más. De hecho, estoy aprendiendo más sobre filosofía “después de” que “durante”.

En la facultad, como en todos lados, “hay gente pa tó” -como le dijo el torero a Ortega-. Hay profesores a los que terminas admirando, y deseando que lleguen sus clases para absorber todo el jugo de las horas que pasas con ellos en el aula, pero también están los otros, aquellos que hacen de la filosofía algo gris y muerto, a los que les preocupa más sus artículos e investigaciones que transmitir conocimientos y “despertar al filósofo” que llevamos dentro los alumnos. También hay un tercer tipo, aquellos que no parecen nada del otro mundo y te van dejando huella, poco a poco, sin que te des cuenta y, ahora, cuando miras hacia atrás, reconoces su labor y te admiras de como dejaron esa huella.

Lo mejor de los años de facultad son los compañeros, las horas de cafetería y las de biblioteca. Así sí se aprende de verdad. Buscando a los mejores y hablando con ellos. Sentándote horas en la biblioteca, en la cafetería o en el patio rodeada de libros o de compañeros/amigos para conversar. O para jugar al ajedrez.

Conversar. Ese es el método. Una de las pocas cosas que Platón nos transmitió de Sócrates con las que siempre estaré de acuerdo. Esa es la forma de llegar a la filosofía tras adquirir ciertos conocimientos. Y eso es lo que le falta a la facultad de filosofía, o lo que le faltaba cuando yo estudiaba en ella: la exposición teórica de los conocimientos es, aunque no en todas las asignaturas, impecable, pero la metodología del trabajo filosófico flaqueaba precisamente en que le faltaba filosofía, le faltaba que los alumnos filosofáramos más.

Pero no había problema, para filosofar nos teníamos a nosotros, estudiantes de filosofía, los unos a los otros; y teníamos también a Manolo, que hacía las fotocopias en el cuartucho frente a la sala de estudio, y que sabía todo y más sobre cualquier cosa; sin olvidar al personal de la cafetería, grandes personas todos.

Cuando me preguntan, que lo hacen, si me arrepiento de haber escogido Filosofía para estudiar en la universidad la respuesta siempre es la misma: NO. No me arrepiento. Es cierto que muchas cosas no me gustaron en la facultad y que -el paso por allí- no era lo que yo había imaginado -supongo que la idealización platónica me jugó una mala pasada- pero no me arrepiento de haber estudiado Filosofía porque me ha dado muchas herramientas que antes no tenía y me ha permitido y, aún hoy, me permite conocer a personas que me ayudan a crecer y avanzar en el camino de la vida de una forma diferente a como lo harían las personas dedicadas a otros estudios, a otros caminos.

Escribió Xavier Zubiri en el prólogo a la Historia de la Filosofía de Javier Marías:

En el curso de la historia nos encontramos con tres conceptos distintos de filosofía, que emergen en última instancia de tres dimensiones del hombre:

1º La filosofía como un saber acerca de las cosas.

2º La filosofía como una dirección para el mundo y la vida.

3º La filosofía como una forma de vida y, por tanto, como algo que acontece.

En realidad, estas tres concepciones de la filosofía, que corresponden a tres concepciones distintas de la inteligencia, conducen a tres formas absolutamente distintas de la intelectualidad. De ellas ha ido nutriéndose sucesiva o simultáneamente el mundo, y a veces hasta el mismo pensador. Las tres convergen de una manera especial en nuestra situación , y plantean de nuevo en forma punzante y urgente  el problema de la filosofía y de la inteligencia misma. Estas tres dimensiones de la inteligencia nos han llegado tal vez dislocadas por los cauces de la historia, y la inteligencia ha comenzado a pagar en sí misma su propia deformación. La tratar de reformarse reservará seguramente para el futuro nuevas formas de intelectualidad. Como todas las precedentes, serán asimismo defectuosas, mejor aún, limitadas, lo cual no las descalifica, porque el hombrees siempre lo que es gracias a sus limitaciones, que le dan a elegir lo que puede ser. Y al sentir su propio limitación, los intelectuales de entonces volverán a la raíz de donde partieron, como nos vemos retrotraídos hoy a la raíz de donde partimos. Y esto es la historia: una situación que implica otra pasada como algo real que está posibilitando nuestra propia situación.

El lugar vital en el que ahora estoy, en el que soy, en el que me reconozco, lo es por lo que elegí en su momento, y en este caso, en el tema que tratamos, fue el estar -pasar- en la Facultad de Filosofía.

Y como escribió Platón:

Es hermoso y divino el ímpetu ardiente que te lanza a las razones de las cosas; pero ejercítate y adiéstrate en estos ejercicios que en apariencia no sirven para nada, y que el vulgo llama palabrería sutil, mientras aún eres joven; de lo contrario, la verdad de te escapará de entre las manos

Parménides, 135d

La filosofía, ni estudiarla ni trabajarla, y más en estos tiempos, es tarea grata, ni fácil. Pero si es lo que te llama, ve a por ella. Súfrela y disfrútala. No creo que te arrepientas, yo nunca lo he hecho.

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Esta entrada está dedicada a Javi, que la pidió.

A Juan Arana, Ignacio Salazar, Gemma Vicente, Montse Negre, Pablo Badillo, Antonio Hermosa, Marcelino Rodríguez, Teresa Bejarano, Enrique Bocardo, Jorge López, César Moreno, Jesús Navarro, Avelina Cecilia, Ángel Nepomuceno, Francisco Rodríguez Valls, Miguel Pastor, y tantos profesores que dejaron huella.

A mi compañeros y amigos. Los que fueron y los que aún son.

A Sor Mercedes Martín, Sor Mª Carmen Canales y Joaquín, mis profesores de filosofía en bachillerato.

Y a mis padres que me dijeron: “Estudia lo que quieras, lo que te apasione, que ya trabajarás en lo que puedas”.

 

Pequeña reflexión de una docente

Hay cosas que no entiendo, ni he entendido, ni nunca entenderé.

No suelo criticar el trabajo de mis compañeros docentes pero hay cosas que como enseñante/facilitadora/guía/profesora…  Como queráis llamar al trabajo que realiza un docente en la actualidad -siglo XXI- que yo, personalmente, no me explico. Más aún cuando son de filosofía.

Memorizar.

No entiendo como sigue habiendo personas que se obsesionan con hacer memorizar datos y más datos a los alumnos como si fueran máquinas. ¿Cuál es entonces nuestro trabajo? Asegurarnos de que memorizan como si en vez de cerebro tuvieran un disco duro.

¿Dónde queda entonces nuestro trabajo de construir un pensamiento crítico? ¿Dónde queda nuestra labor de enseñarles a contrastar información? ¿De hablarles de los múltiples caminos? ¿Dónde queda el trabajo de ayudarles a crecer? ¿Dónde el hacerles comprender los textos y que ellos mismos los trabajen?

La metodología de la enseñanza en nuestro país se va quedando obsoleta.

Y, nosotros, sí, nosotros, docentes de filosofía, después nos quejamos de lo mal que se trata a la asignatura, de lo mal reconocida que está… Pero, ¿no habéis pensado alguna vez de lo mal planteada que está? ¿De lo extraña que resulta a ojos de los alumnos? Y, ¿qué hacemos? Enseñarles a memorizar, quitando el sentido a una asignatura que bien enfocada podría ser maravillosa y muy estimulante. ¡Cuántas herramientas estamos desaprovechando! ¡Cuántos momentos para fomentar la curiosidad y la creatividad tirados a la basura!

¿Qué estamos haciendo?

Yo lo tengo claro. Nunca he querido ser profesora del tipo:

quebrando ideasSino del tipo:

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Y me da mucha pena, y rabia, cuando desaprovechamos todo lo que podemos hacer, todo lo que podemos inspirar, por el motivo que sea (comodidad, tedio, …).

Teniendo uno de los mejores trabajos del mundo y siendo nuestro foco de labor enseñar/guiar/educar, deberíamos ser más conscientes de que lo que hacemos deja huella, para bien y para mal, en todos aquellos que son receptores de esa labor.

—–

Y tú, ¿qué tipo de profesor te gustaría ser o eres?

—–

Edito la entrada para adjuntar esta entrevista a Robert Swartz, que acabo de leer, sobre aprendizaje basado en el pensamiento:

http://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2015/02/10/54d901f7ca474190438b456c.html?cid=SMBOSO25301&s_kw=facebook

Pensar o no pensar, esa es la cuestión

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¿Qué es lo preferible? Que nos hagan pensar, que hagan que pensamos menos o que no nos dejen hacerlo.

Es obvio que optar por la primera opción requiere responsabilidad, valentía y ejercicio de la razón y la libertad, pero ¿no es eso lo que nos hace ser más persona y menos “masa”?

Cada vez más, y más, brotan a nuestro alrededor ejercicios de no pensamiento, y debemos recordar que el cerebro es como un músculo y también necesita ejercicio para no atrofiarse. Así que, como recogió Kant, Sapere aude!

El mundo

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Hay un refrán que dice “cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”, y parece que no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta, de lo real de estas palabras.

Como la imagen muestra, siempre creemos que el fuego que se prende al otro lado de nuestro mundo nunca va a quemarnos, pero el mundo no es tan grande como pensamos. Este pequeño círculo de tierra hace que cada acción que realizamos se encadene a la siguiente y así sucesivamente de forma que cada uno de nuestros pasos determina no sólo nuestra vida sino también la de las personas que nos rodean.

¿Por qué no queremos darnos cuenta de que ayudar a mejorar la vida de los demás es mejorar la nuestra? ¿Por qué no queremos darnos cuenta de que lo bueno es trabajo de todos? ¿Por qué no queremos apagar la mecha?

Conócete a tí mismo

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Conocerse a sí mismo, dicen, es uno de los principios de la sabiduría.

No son pocas las voces que han tratado el tema del conocerse, reconocerse (o no) y profundizar en el yo: Tales, Sócrates, Cicerón, Freud, Agustín de Hipona, Hildegarda de Bigen, Kant, Simone Weil, C.S. Lewis, Hermann Hesse, Simone de Beauvoir, entre muchos otros. Y todas hacen la misma apreciación: conocerse es un acto de valentía y de responsabilidad porque tú eres la única persona que puedes asegurar que estará contigo todos y cada uno de los días de tu vida. Y si no estás bien contigo… tienes un problema.

Conocerte te permite saber sobre ti y sobre el mundo, pero no es fácil pues son muchas las máscaras por las que nos dejamos cubrir viviendo en sociedad.

Además, como bien apunta Quino en la cabecera de esta entrada, ¿qué ocurre si no nos gusta lo que encontramos? Aunque la respuesta a esta pregunta parece obvia: si no te gusta lo que hay, cámbialo.

Enfréntate a tus miedos, crece, transfórmate. Encuéntrate.

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Pero pongámonos en la situación de que sí nos conocemos, de que nos gustamos como somos y solemos mirarnos dentro para sabernos y reconocernos, y que eso es lo que mostramos al mundo. Y pongámonos también en la situación de que al mundo no le gusta lo que ve.

Entonces, ¿qué? Porque “nadie puede crecer en libertad y vivir en plenitud sin sentirse comprendido al menos por una persona. Quien quiera conocerse como es debido tiene que abrirse a un confidente libremente elegido y merecedor de tal confianza”, nos explica John Powell en su ¿Por qué temo decirte quién soy?.

Hace algunas semanas conversaba con un amigo sobre esto y concluimos que los seres humanos tenemos la necesidad, entre otras muchas, de ser escuchados, tomados en serio, comprendidos, aceptados. Necesitamos no sólo tener nuestro lugar en el mundo sino que alguien nos acepte en ese lugar del mundo porque, lo queramos o no, somos seres sociales. Necesitamos los unos de los otros -no nos olvidemos de nuestro Ortega: somos “yo” y “circunstancia”, no podemos desligar el uno de la otra- y, generalmente, para estar con los otros portamos máscaras que nos ayudan a parecernos a las personas que los otros buscan en nosotros.

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También Hesse dejó escrito que “no es mi obligación entregar a los demás lo objetivamente mejor, sino lo mío, tan pura y sinceramente como sea posible”, sólo así las relaciones que entablemos en el mundo serán reales.

El problema surge cuando comprendemos que mostrarnos así, sinceros, ante los demás también nos vuelve más vulnerables. La vida se torna batalla y dejar los flancos al descubierto puede significar perder la guerra de la confianza  y la creación de la propia personalidad.

La persona no es sólo lo que encerramos en nuestro interior sino todas las relaciones que tenemos con nuestro alrededor. La persona es un proceso dinámino, en constante transición, dialéctico -por usar un término más filosófico-. Como Heráclito señaló, lo que conociste ayer no lo conocerás hoy; lo mismo ocurre con las personas, con cada uno de nosotros. No podemos pensar que hoy hablamos con X y que X es el mismo hoy que ayer -hay excepciones, sí, siempre hay la excepción que confirma la regla- porque hoy tenemos más expriencia de la vida, hemos descubierto nuevas profundidades, hemos sufrido, hemos caído, nos hemos levantado, hemos compartido, hemos sido traicionados, hemos amado, etc.

No podemos atribuir a cada persona un comportamiento fijo o una personalidad delimitada y perfectamente dibujada. Dice John Powell en la misma obra que antes he citado: “Acércate a mí, pues, con un cierto sentido de curiosidad, y busca en mi rostro, en mis manos y en mi voz los indicios del cambio; porque lo que es seguro es que he cambiado. Ahora bien, una vez que admitas esto (si es que lo admites), puede que todavía me dé cierto miedo decirte quién soy”.

Si pensamos en Freud y en su El malestar en la cultura podemos reconocer que, estando de acuerdo con él, la cultura nos ha llevado, y nos lleva en muchos casos, a portar tales máscaras -que ya he mencionado- pero ninguno, creo, quiere vivir una mentira pues es incómodo pretender ser quien no se es, pero el miedo a la sinceridad total hace que recurrir a los roles -máscaras- sea un acto reflejo que no podemos evitar.

Puede que incluso llegue el momento en que no sepamos diferenciar la realidad propia de la actuación social, ese momento en el que ni somos ni dejamos de ser, ese momento en el que no nos hallamos-a-nosotros porque queremos ser de una forma pero se nos exige ser de otra. Es esta la condición humana.

Conocete-a-ti-mismo-270x300Por eso, todos y cada uno de nosotros, deberíamos preguntarnos en algún momento qué clase de persona queremos llegar a ser, ya que sólo buscando a ese ser-persona-plena puedo aspirar a llegar a mi y desde ahí llegar a tí. Algo así como el equilibrio heideggeriano entre “lo que hay” y “lo que está por llegar”.

Como dijo Sócrates: “Una vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”. En este caso la reflexión sobre nosotros mismos, algo que no solemos hacer ya sea por miedo, por comodidad o, simplemente, porque nadie nos dijo que podiamos mirar hacia dentro como lo hacemos a través de una ventana abierta para ver el cielo y saber si se avecina tormenta.

Esta entrada de hoy es una reflexión, un poco desordenada, creo, para invitaros -invitarnos- a pensar un poco cada día en el mundo desde nosotros mismos hacia el exterior. Una invitación a conocernos un poco más, para entendernos un poco más, y empatizar con mi yo y mis circunstancias.

Aún así, cuando entablemos relación con nosotros, o con los demás, no debemos olvidar estas palabras:

“Temo decirte (descubrirme/descubrirte) quién soy, porque, si yo te digo quién soy (si me ves), puede que no te (me) guste cómo soy, y eso es todo lo que tengo” -la cita es del libro de Powell, los paréntesis con los añadidos son mios-.

¿Qué estamos haciendo? – Reflexiones al calor de la selectividad 2014

SELECTIVIDAD
Los resultados de la prueba de selectividad de este año revelan, al menos en Cataluña, que la media de alumnos ha obtenido un suspenso en matemáticas aplicadas, en ciencias sociales, en lengua y literatura, en física y química. La estadística de que dispongo no indica qué asignatura es un coladero de tal calibre que ha permitido que el 87% de los alumnos presentados haya aprobado con una nota media de 5,8.
El fenómeno no es nuevo ni nos pilla desprevenidos y las voces que reiteran la gravedad de la situación lo hacen con aire desesperanzado. El mundo es cada día más competitivo y nosotros más incompetentes. Supongo que se refieren a nuestra incompetencia en el terreno de la ciencia y la tecnología, cosa que a mí me preocupa poco. Que la mayoría no pase el examen de química tiene una importancia relativa. Sólo se necesita un número determinado de químicos para atender las necesidades de la comunidad. Al resto nos basta con saber que el detergente de la lavadora no debe ingerirse.
Más preocupante es el pobre resultado obtenido por los estudiantes en el apartado de lengua, porque considero importantísimo que todo el mundo sea capaz de entender y expresar de palabra y por escrito ideas que vayan más allá de lo visceral y lo estrictamente deportivo, y esto, aunque nadie lo crea, sólo se aprende estudiando. Pensar que una cosa es hablar y escribir y otra distinta la gramática es un error muy extendido. Para comprobarlo sólo hay que acudir a los medios de difusión, donde advertirá que, aparte de algunos profesionales, el ciudadano se expresa como un protozoo. En el lenguaje oral, los gritos y los desplantes, algunos acentos locales, la imitación de defectos físicos y un casticismo barato disimulan la magnitud de la catástrofe. Por escrito, ni eso. Frente a esta situación, los políticos encogen sus anchos hombros. La enseñanza es un problema insoluble: alumnos reacios, profesores deprimidos, presupuesto insuficiente y un plan de estudios enmarañado e ineficaz. Sí, el resultado es malo, pero otros años fue peor. El mismo razonamiento que se aplica, por estas mismas fechas, a los incendios forestales. Y expuesto con un rigor y una elocuencia que en la prueba de selectividad sacaría, con suerte, un 3 pelado.

MENDOZA, Eduardo: Selectividad. EL PAÍS, 12-VII-2004.

Este artículo de 2004 podría haber sido escrito perfectamente hace dos días y sería igual de correcto y verdadero.

A la vista de mi propia experiencia, y no hablo sólo de los centros académicos en los que he trabajado sino a los más de diez años que llevo como profesora particular, puedo decir que Eduardo Mendoza no se queda corto. No son pocos los alumnos que llegan a 2º de bachillerato sin saber leer o escribir bien -las faltas de ortografía de alguno son para echarse a llorar-.
Después profesores de otras materias, yo misma cuando impartía filosofía, pensamos que como es lógico los de lengua y literatura deberían tener más cuidado con esos detalles; pero cierto es que casi ningún profesor corrige exhaustivamente los fallos de los alumnos, empezando por los de primaria que son los que deben sentar las bases de la alfabetización de nuestro alumnado, y siguiendo por nosotros mismos, profesores de secundaria y bachillerato.

Sí, es verdad, el sistema educativo actual, y alguno de los anteriores tampoco, nos deja mucho margen de actuación en ese aspecto: demasiados alumnos por clase, poca atención y menos ganas, ratio obligatoria de aprobados, etc. Cosas que van haciendo que nuestras aulas sean una fábrica no ya de ignorantes, que es algo -la ignorancia- que siempre puede solucionarse, sino una fábrica de personas que no van a tener las herramientas para enfrentarse a la ignorancia.
Alumnos que no saben reflexionar textos filosóficos o que no saben analizar el simbolismo de las grandes, y pequeñas, obras literarias, que no entienden el vocabulario más básico y que no tienen imaginación (sí, cada vez es más patente, les falta imaginación, y la imaginación es esencial).

Por mucho que queramos si les privamos de las herramientas básicas del pensamiento les privamos absolutamente de todo lo que puedan aspirar a ser. Y que conste que no hablo sólo de saber de filosofía. No, este escrito no va por ahí (que también, pero no sólo) sino de algo más profundo; empezando por SABER LEER, la comprensión lectora es esencial para entender cualquier cosa que nos pongan por delante; SABER ORDENAR LAS IDEAS, no podemos dejar los comentarios de texto siempre para los cursos superiores, los pequeños también saben pensar y, a veces, incluso mejor que los mayores; ANIMARLES A IMAGINAR, no todo está en la tele, en las videoconsolas, ni tan siquiera en los libros, muchas cosas están en nuestras cabezas deseando salir, pero para que esto suceda tenemos que enseñarles a salir; ANIMARLES A ESCRIBIR, no sabemos qué puede salir de sus cabezas, qué les puede inspirar o qué desean transmitir.

Lo demás vendrá poco a poco después, ya que teniendo las herramientas adecuadas el resto de los caminos se irán abriendo: música, química, física, arte, historia, matemáticas, filosofía, idiomas, latín, etc.

El sistema hace que los resultados, ya que a los politicastros que tenemos les gusta tanto esa palabra, sean pésimos, y que cada año sean peores.
Y que no venga nadie a decir: “Pues este año han aprobado selectividad X alumnos con unas notas que tal y que cual”. ¿Realmente eso demuestra sus conocimientos y capacidades? No, eso demuestra que pueden aprobar, o no, un examen; pero no dice nada de sus conocimientos, ya que más de la mitad de los alumnos habrán olvidado todo lo estudiado justo al salir de ese examen.

Por ello, vuelvo a preguntar, ¿qué estamos haciendo? Sí, todos. ¿Qué estamos haciendo? Nosotros somos también, sociedad, parte de este sistema que está malogrando tantas mentes que podrían ser lo que ellas quisieran y que se quedarán en ser lo que puedan.

No sé vosotros, yo no puedo vivir con esa carga en la conciencia, así que mientras pueda, cada una de mis clases, ya sean particulares o en centros escolares, no serán sólo para lograr que el alumno apruebe sino para que aprecie lo que aprende y se atreva a adentrarse en el camino del conocimiento que le llame: arte, idiomas, música, literatura, ciencias…

No es fácil, enseñar no es fácil, y aprender tampoco. Pero es el primer paso para construir personas libres, autónomas, inquietas, vivas. La educación siempre ha sido, es y será, la primera piedra, la piedra angular, de toda sociedad que quiera sobrevivir y prosperar.

Luchemos por ella.

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Mujer, levántate y anda

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Desde el principio de la historia la mujer siempre ha tenido un papel negativo y oscuro. Siempre ella ha sido la culpable de todo. Eva fue la culpable de la expulsión del Paraíso, Helena la culpable de la guerra de Troya, Dalila traicionó a Sansón,… Desde el principio de los tiempos la mujer ha mantenido el eterno combate entre el pecado y la gracia, porque Ella es fuente de vida, pero es también origen de la muerte física que no tendríamos que padecer si no hubiese escuchado el tentador silbido de la serpiente.

Este trabajo parte de la obra Mujer, levántate y anda de José Maria Gironella. En esta obra este autor español intenta hacer un retrato de la mujer contemporánea, “he aquí una novela escrita pensando en el combate eternamente renovado, en la lucha que sostienen desde el principio de los tiempo el pecado y la gracia. La mujer que protagoniza la narración se llama Myriam, (…). He situado la acción en Roma, porque es a la vez la ciudad más religiosa y más pagana de Occidente” .

Todo comienza, y todo acaba, en Roma. En la ciudad de los emperadores, en la ciudad de los pontífices, en la ciudad de las ruinas,… Las ruinas de una mujer confusa intentan levantarse sobre lo poco que ha podido construir. Myriam es una mujer de treinta y tres años, apátrida, solitaria, depresiva, sin hogar, sin familia, en constante guerra con ella y con el mundo. Myriam es una mujer independiente. Myriam ama el misterio. No tiene un trabajo concreto, intenta ganarse la vida como intérprete en algunos hoteles de la inmortal ciudad imperial, así creía recuperarse un poco a sí misma, “Con mi tarea, ayudo a que las gentes se comprendan entre sí”. Myriam es supersticiosa. Se diría que después de crear el universo Dios lo destruyó todo y dejó a Myriam sola ante la reconstrucción. Myriam es un alma sin cuerpo.

“Myriam se pasó mucho tiempo buscando en Roma algo que reflejara su propia vida: las fachadas tristes, el Tíber fangoso, los pequeños cafés. Finalmente, eligió los gatos. Los gatos eran también apátridas, no tenían dueño y vagaban por la ciudad como centinelas de la Luna”.

Myriam se sabía cada vez más al borde de una depresión que acabaría con ella, pero qué más daba. No habría nadie que la añorase, ninguna cuna que la llorase, ningún compañero que la acompañase a ese último paso de la existencia.

En la primavera de 1962 entra a formar parte de la vida de Myriam el profesor Pablo Hauer. Tras días de trabajar con él traduciendo sus conferencias comienzan una relación que acabará momentáneamente con su muerte, pero que no logrará acabar con su soledad. Soledad que en último término es lo que volverá a conducirla a la muerte. Myriam está condenada a un monólogo sin fin porque ella ha decidido que la soledad es la mejor forma de no sufrir, o al menos de sufrir sólo y únicamente por causa de uno mismo, y no de los demás. Hauer le enseña que si “Dios hubiera tenido Madre, no existiría el dolor”, le enseña que por muy libre que ella quiera ser no es más que el producto de todo lo que ha existido antes que ella, que no somos más que un producto de nuestros antepasados. La relación de Hauer con Myriam erosiona cada vez más el corazón de esta que cada vez más se considera “una pobre mujer, incapaz de inspirar afectos duraderos”. Pero da igual ella es apátrida, y los apátridas son futuros suicidas sin prisa.

Cuando Hauer desaparece de la vida de Myriam, tal como llegó, sin avisar, parece que todo se hunde de nuevo, pero una vez más un hombre, esta vez el Hombre la rescata de su soledad y de su tristeza. Este Hombre, el doctor Emmanuele, le recuerda que la “amenaza más grave que pesa hoy sobre la sociedad es la indiferencia del hombre. La indiferencia de su corazón”.

Myriam se enfrenta a lo que la mujer desde siempre se ha enfrentado. Hacerlo todo bajo la sombra de los hombres, hombres que en imagen simbólica encarnan en esta obra al pecado y a la gracia, a Satán y a Dios, al que nos culpa y al que nos salva. Al que quiere reescribir la historia y al que comenzó a escribirla.

La obra de Gironella, dependiendo de cómo se lea, puede tener un doble significado en cada uno de sus personajes; pero mire por donde se mire Myriam está sola, para vivir, para decidir, para todo lo que hace está sola.

Al final de la obra, un final impresionantemente simbólico, Myriam aprende lo que es vivir para los demás, aprende a salir de sí, aprende a decidir y a aceptar sus decisiones. Aprende de alguna forma a ser ella, pero lo aprende de mano de dos hombres, ¿quiere esto decir que tiene que enseñar la libertad a la mujer quien un día se la quitó? ¿Quiere decir esto de alguna forma que la mujer no aprende si no es guiada?

La obra de Gironella puede resultar en extremo ambigua, pero deja claro que la independencia y seguridad de la mujer en el mundo contemporáneo es como un salto mortal y sin red, porque la mujer actual, “más libre que ayer pero menos que mañana”, se levanta todos los días con la impresión de que las cosas aún no son como debieran ser. La mujer actual trabaja fuera de casa, no todas, pero aún así también trabajan dentro de casa. La ayuda de la pareja y de los hijos es todavía para algunas mujeres una lejana utopía.

Desde hace poco tiempo estamos viendo en los medios de comunicación publicidad, promovida por el Ministerio de Fomento y Asuntos Sociales, que anima a la igualdad en las labores domésticas entre hombres y mujeres: “Tú también sabes limpiar, porque no lo haces en casa”. Así reza el mensaje de la campaña que invita a los españoles a colaborar en las tareas del hogar.
La mujer desde siempre ha sido capitana de ese turbulento barco que llamamos familia. Aunque el padre siempre haya sido conocido como padre de familia es la madre la que ha sostenido el peso del hogar. Ahora decimos que no queremos el poder porque el poder es un concepto negativo en nuestra visión del mundo, porque el poder es cosa de hombres, porque poder supone estar por encima de, mirar por encima del hombro de,… porque tener poder supone establecerse en un lugar que siempre nos ha sido negado y para el cual se necesitan cualidades que nunca se han visto femeninas.

¿Pero quién dice cuales son las cualidades femeninas y cuáles no? ¿Montar una estantería es una cualidad masculina y hacer un pastel, femenina? ¿Estudiar filosofía es cosa de hombres y magisterio de mujeres? ¿Ser policía es cosa de hombres y enfermera de mujeres? ¿Por qué?

Vemos como, poco a poco, la mujer se hace un hueco en las escalas sociales que siempre han sido para los hombres, aunque pese a ello no sea reconocida ni bien vista en algunas ocasiones. Y pese a que entra en la vida pública cada vez más como protagonista, no deja de ser la “estrella en la vida privada”, ella sigue siendo la cocinera, la limpiadora, la planchadora, la que la lava, la que tiende, la que lleva a los niños al colegio, la que hace las compras,… al fin y al cabo la que está a la vez fuera y dentro, en casa y en la calle, de ministra y de sirvienta.

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Este pequeño apunte bibliográfico fue escrito en 2002, no recuerdo para qué asignatura, aunque supongo que sería para Historía de la Antropología que impartía la Profesora Gemma Vicente Arregui, o para el Seminario Internacional de Estudios De las Mujeres, que se celebró ese mismo año en Sevilla.

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Recordé que lo había escrito y el hecho de pensar en ciertas cosas viene bien en estos días de turbulencias políticas y opiniones de ministros varios.

 

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