Idearium español

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Se habrá notado que el motivo céntrico de mis ideas es la restauración de la vida espiritual de España; pero falta ahora precisar el concepto, porque están las palabras españolas tan estropeadas por el mal uso, que nada significan mientras no se las comenta y se las aclara. Cuando yo hablo de restauración espiritual, no hablo como quien desea redondear un párrafo, valiéndose de frases bellas o sonoras; hablo con buena fe de un maestro de escuela. No voy a proponer la creación de nuevos centros docentes ni una nueva ley de Instrucción Pública: todas las leyes son ineficaces mientras no se destruyen las malas prácticas, y para destruirlas, la ley es mucho menos útil que los esfuerzos individuales; y en cuanto a los centros docentes, tal como hoy existen, aunque se suprimieran la mitad, no se perdería gran cosa. Yo he conocido de cerca más de dos mil condiscípulos, y a excepción de tres o cuatro, ninguno estudiaba más que lo preciso para desempeñar, o mejor dicho, para obtener un empleo retribuido. Nuestros centros docentes son edificios sin alma; dan a lo sumo el saber; pero no infunden el amor al saber, la fuerza inicial que ha de hacer fecundo el estudio cuando la juventud queda libre de tutela. Si en este punto hubiera de intentarse algo por los legisladores, el cambio más provechoso sería la sustitución de las oposiciones hoy en uso por el examen de “obras” de los aspirantes; en lugar de esos palenques  charlatanescos, donde, como en las carreras de caballos, triunfa, no el que tiene más inteligencia, sino el que tiene mejor resuello y patas más largas, pondría yo reuniones familiares, donde en contacto directo los que juzgan y los que son juzgados se hablara sin artificio, se examinara el trabajo personal de cada uno, y, lo que es más importante, el servicio que de él podía esperar la nación. Con este sistema, la juventud, que pierde el tiempo preparándose para ingresar en este o aquel escalafón, aprendiendo a contestar de memoria cuestionarios fofos e incoherentes, se vería forzada a crear obras, entre las que no sería extraño  que saliese alguna buena.

El peso principal  del combate, creo yo, deben llevarlo las personas inteligentes y desinteresadas, que comprendan la necesidad de restablecer nuestro prestigio; pocos ejemplares tenemos de hombres poseídos por el patriotismo silencioso, pero cuando aparece alguno, ése vale solo por una universidad. Mas para que los esfuerzos individuales ejerzan un influjo  benéfico en la nación hay que encaminarlos con mano firme, porque en España no basta lanzar ideas, sino que hay antes que quitarles la espoleta para que no estallen. A causa de la postración intelectual en que nos hallamos, existe una tendencia irresistible a transformar las ideas en instrumentos de combate: lo corriente es no hacer caso de lo que se habla o escribe; mas si por excepción se atiende, la idea se fija y se traduce, como ya vimos, en impulso. Por esto, los que propagan ideas sitemáticas, que dan vida a nuevas parcialidades violentas, en vez de hacer un bien, hacen un mal, porque mantienen en tensión enfermiza los espíritus. A esas ideas que incitan a la lucha las llamo yo ideas “picudas”; y por oposición, a las ideas que inspiran amor a la paz las llamo “redondas”. Este libro que estoy escribiendo es un ideario que contiene sólo ideas redondas: no estoy seguro de que lo lean, y sospecho que si alguien lo lee no me hará caso, habría un combatiente menos y un trabajador más.

El procedimiento que yo uso para redondear mis ideas está al alcance de todo el mundo. Vemos muchas veces que en una familia los pareceres andan divididos: por ejemplo, y el caso es frecuente, varios hermanos siguen diversas carreras, o toman diferentes rumbos, o llegan a hallarse en oposición por cuestiones pecuniarias; los sentimientos de fraternidad son puestos aprueba. En unas familias la idea de unión es más poderosa que los intereses parciales; nadie abdica, pero todos transigen cuando es necesario para que el rompimiento no llegue; en otras la unión queda destruida por la vanidad, el orgullo o el exclusivismo, y sobreviene la lucha, más enconada que entre extraños, porque entre extraños se lucha sólo por defender ideas o intereses opuestos, mientras que en una familia hay que luchar por ideas o intereses y también por romper los vínculos de la sangre. ¿Qué salen ganando las ideas o los intereses luchando con obcecación y con saña? Hay quien cree que para atestiguar la fe en las ideas se debe combatir para que triunfen, y en esta creencia absurda se apoyan  cuantos en España convierten las ideas en medio de destrucción. La verdad es, al contrario, que la fe se demuestra en la adhesión serena e inmutable a las ideas, en la convicción de que ellas solas se nastan para vencer cuando deben vencer. Los grandes creyentes han sido mártires; han caido resistiendo, no atacando. Los que recurren a la fuerza para defender sus ideas dan a entender, por esto sólo, que no tienen fe ni convicción, que no son más que ambiciosos vulgares que desean la victoria inmediata para adornarse con laureles contrahechos y para recibir el precio de sus trabajos.

Las ideas no aventajan nada con declarar la guerra a otras ideas; son mucho más nobles cuando se acomodan  a vivir en sociedad, y para conseguir esto es para lo que hay que trabajar en España (…)

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Yo tengo fe en el porvenir espiritual de España; en esto soy acaso exageradamente optimista. Nuestro engrandecimiento material nunca nos llevaría a oscurecer el pasado; nuestro florecimiento intelectual convertirá el Siglo de Oro de nuestras artes en una simple anunciación de este Siglo de Oro que yo confio ha de venir. Porque en nuestros trabajos tendremos de nuestra parte una fuerza hoy desconocida, que vive en estado latente en nuestra nación (…) Esa fuerza misteriosa está en nosotros, y aunque hasta ahora no se ha dejado ver, nos acompaña y nos vigila; hoy es acción desconcertada y débil, mañana será calor y luz y, hasta si se quiere, electricidad y magnetismo.

(…)

Nuestro Renacimiento no fue un renacimiento clásico, fue nacional; y aunque produjo algunas obras magistrales, quedó incompleto, como dije, por la desviación histórica a que la fatalidad nos arrastró; pero como la fuerza impulsora está en la constitución natural étnica o psíquica que los diversos cruces han dado al tipo español, tal como hoy existe, debemos confiar en el porvenir: esa fuerza que hoy es un obstáculo para la vida regular de la nación, porque se la aplica a lo que no debe aplicáserla, ha de sufrir un desdoblamiento; el individualismo indisciplinado que hoy nos debilita y nos impide levantar cabeza ha de ser algún día individualismo interno y creador, y ha de conducirnos a nuestro gran triunfo ideal. Tenemos lo principal, el hombre, el tipo; nos falta sólo decidirle a que ponga manos a la obra.

Todos los pueblos tienen un tipo real o imaginado en quien encarnan sus propias cualidades; en todas las literaturas encontraremos una obra maestra en la que ese hombre típico figura entrar en acción, ponerse en contacto con la sociedad de su tiempo y atravesar una larga serie de pruebasdonde se aquilata el temple de su espíritu, que es el espíritu propio de su raza. Ulises es el griego por excelencia; en él se reúnen todas las virtudes de un ario, la prudencia, la constancia, el esfuerzo, el dominio de sí mismo, con la astucia y la fertilidad de recursos de un semita; comparémosle con cualquiera de los conductores de pueblos germánicos, y veremos, con más precisión que pesándola en una balanza, la cantidad de espíritu que los grigos tomaron de los semitas. Nuestro Ulises es Don Quijote, y en Don Quijote notamos a primera vista una metamorfosis espiritual. El tipo se ha purificado más aún, y para poder moverse tiene que librarse del peso de las preocupaciones materiales, descargándolas sobre un escudero; así camina completamente desembarazado, y su acción es una inacabable creación, un prodigio humano, en el que se idealiza todo cuanto idealmente se concibe. Don Quijote no ha existido en España antes de los árabes, ni cuando estaban los árabes, sino después de terminada la Reconquista. Sin los árabes, don Quijote y Sancho Panza hubieran sido siempre un solo hombre, un remedo de Ulises. Si buscamos fuera de España un Ulises moderno, no hallaremos ninguno que supere al Ulises anglosajón, a Robinson Crusoe; el italiano es un Ulises teólogo, el Dante mismo, en su Divina Comedia, y el alemán, un Ulises filósofo, el Doctor Fausto, y ninguno de los dos es un Ulises de carne y hueso. Robinson sí es un Ulises natural, pero muy rebajado de talla, porque su semitismo  es opaco, su luz es prestada; es ingenioso solamente para luchar con la naturaleza; es capaz de reconstruir una civilización material; es un hombre que aspira al mando, al gobierno “exterior” de otros hombres; pero su alma carece de expresión y no sabe entenderse con otras almas. Sancho Panza, después de aprender a leer y a escribir, podría ser Robinson; y Robinson, en caso de apuro, aplacaría su aire de superioridad y se avendría a ser escudero de Don Quijote.

Así como creo que para las aventuras de las dominación material muchos pueblos de Europa son superiores a nosotros, creo también que para la creación ideal no hay ninguno con aptitudes naturales tan depuradas como las nuestras. Nuestro espíritu parece tosco, porque está embastecido por luchas brutales; parece flaco, porque está sólo nutrido de ideas ridículas, copiadas sin discernimiento, y parece poco original, porque ha perdido la audacia, la fe en sus propias ideas, porque busca fuera de sí lo que dentro de sí tiene. Hemos de hacer acto de contrición colectiva; hemos de desdoblarnos, aunque muchos nos quedemos en tan arriesgada operación, y así tendremos pan espiritual para nosotros y para nuestra familia, que lo anda mendigando por el mundo, y nuestras conquistas materiales podrán ser aún fecundas, porque al renacer hallaremos una inmensidad de pueblos hermanos a quienes marcar con el sello de nuestro espíritu.

Idearium español. Ángel Ganivet. 1897.

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