Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros, de Stephen W. Hawking

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¿Cuándo nació el universo? ¿Nació o fue creado? ¿Qué es el tiempo? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Por qué empezó todo? ¿Qué relación hay entre Aristóteles y Einstein u Oppenheimer?

En esta obra Hawking acerca a los no especialistas conceptos como espacio, tiempo, agujero negro, big bang, big crunch, teoría de cuerdas y supercuerdas, y otros conceptos de la física (teórica) desconocidos para la mayoría; además, incluye algunas explicaciones de matemáticas complejas.

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El texto, dividido en diez capítulos que intenta explicarlo todo de la forma más clara posible, se completa con una maravillosa introducción de Carl Sagan y una conclusión muy clarificadora.

Acompañan también al texto las biografías -reducidas- de Galileo, Newton y Einstein, además de un glosario de términos esenciales para entender las ideas expuestas.

En pocas páginas Hawking recorre la historia del tiempo desde el siglo III a.C al siglo XX d.C. Sólo una pega, a pesar de sus intentos, ya lo he comentado antes y él mismo expuso que este es un libro de divulgación científica, no es un libro escrito para cualquier lector, aún siendo una obra de divulgación el vocabulario es muy técnico, de hecho, se agradece el glosario de término que se adjunta al final del volumen.
Hawking considera que los avances recientes de la física, gracias a las fantásticas nuevas tecnologías, sugieren respuestas a algunas de estas preguntas que desde hace tiempo nos preocupan.

Dice Carl Sagan que

“También se trata de un libro acerca de Dios… o quizás acerca de la ausencia de Dios. La palabra Dios llena estas páginas.
Hawking se embarca en una búsqueda de la respuesta a la famosa pregunta de Einstein sobre si Dios tuvo alguna posibilidad de elegir al crear el universo. Hawking intenta, como él mismo señala, comprender el pensamiento de Dios. Y esto hace que sea totalmente inesperada la conclusión de su esfuerzo, al menos hasta ahora: un universo sin un borde espacial, sin principio ni final en el tiempo, y sin lugar para un Creador.”

Es un libro interesante para todos los curiosos. Y muy interesante para los filósofos curiosos. En sus páginas Hawking hace un repaso breve, pero iluminador, a la contribución que la filosofía ha hecho a la física hasta llegar el siglo XVIII, durante el cual, según el autor los filósofos se perdieron en campos excesivamente generales perdiendo perspectiva científica.

“Hasta ahora, la mayoría de los científicos han estado demasiados ocupados con el desarrollo de nuevas teorías que describen cómo es el universo para hacerse la pregunta de por qué. Por otro lado, la gente cuya ocupación es preguntarse por qué, los filósofos, no ha podido avanzar al paso de las teorías científicas. En el siglo XVIII, los filósofos consideraban todo el conocimiento humano, incluida la ciencia, como su campo, y discutían cuestiones como, ¿tuvo el universo un principio? Sin embargo, en los siglos XIX y XX, la ciencia se hizo demasiado técnica y matemáticas para ellos, y para cualquiera, excepto para unos pocos especialistas. Los filósofos redujeron tanto el campo de sus indagaciones que Wittgenstein, el filósofo más famoso de este siglo, dijo: “la única tarea que le queda a la filosofía es el análisis del lenguaje”. ¡Qué distancia desde la gran tradición filosófica de Aristóteles a Kant!”

Nos encontramos con Aristóteles, Kant, San Agustín, Popper, Berkeley, entre otros muchos, y vemos cómo algunas de sus obras han influido en la evolución de la física y de la observación del universo. Tras exponer los comienzos de las observaciones científicas pasa Hawking a comentar los conceptos de espacio y tiempo, la expansión del universo, el principio de incertidumbre, las partículas elementales, etc. Dejando al lector interesado en estas lides con buen sabor de boca.

“No obstante, si descubrimos una teoría completa, con el tiempo habrá de ser, en sus líneas maestras, comprensible para todos y no únicamente para unos pocos científicos. Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto, sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios.”

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Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros.
Stephen W. Hawking.

Drakontos Bolsillo.

La metamorfosis, de Franz Kafka

¿Qué ocurriría si una mañana cualquiera tú cuerpo no fuese el mismo y te hubieras convertido en un insecto?

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Esto es lo que le ocurrió a Gregor Samsa.

Tras un largo día de trabajo, Gregor llega a casa, se va a la cama y a la mañana siguiente, cuando va a levantarse, se da cuenta de que él ya no es él, o al menos externamente.
Desde ese momento todo lo que se deriva de su transformación pertenece al campo del absurdo: su preocupación por levantarse de la cama y que nadie se dé cuenta del cambio, el no querer faltar al trabajo, la reacción de la familia, y todo lo que sucede hasta el desenlace final no es más que absurdo sobre absurdo.

Pero, ¿cuál es el mensaje de Kafka?

Mucho se ha debatido sobre ello:
– El existencialismo kafkiano que expresa el desaliento del hombre ante el absurdo del mundo: Samsa no logra entender que ha podido pasarle durante la noche, y no sabe qué hacer, intenta actuar como cada día pero su nuevo cuerpo se lo impide, su mente parece funcionar igual, nada ha cambiado… ¿O sí?

– La falta de libertad en un sistema socioeconómico que nos obliga a trabajar para vivir sin, finalmente, dejarnos tiempo para vivir: en la obra se ve reflejado que el horario laboral de Samsa no es el mejor para poder socializar y hacer otra cosa que o sea trabajar. Se va en el tren muy temprano por la mañana y regresa siempre tarde. En diversos momentos de la narración de deja ver como Gregor desea reunir el dinero necesario para pagar una deuda contraída por la familia y poder dejar el trabajo como comerciante de telas.

– El extrañamiento de los que nos rodean cuando cambiamos en algo: Gregor, aunque sabe que se ha transformado exteriormente se sabe igual por dentro, es él, es Gregor; pero su familia no logra reconocerle en ese bicho en el que ha mutado. Sólo su hermana parece ver algo familiar en él.
¿Por qué nadie sabe verle debajo de ese cuerpo nuevo si él no ha dejado de ser él?

– La muerte social de los que son diferentes: nuestro protagonista ya no pertenece al mismo grupo que el resto de los personajes de la narración. Está ahí y le dejan estar ahí, hasta cierto punto, por ser quién fue; pero a nadie le gusta ver cómo es ahora. ¿Por qué tememos a las personas que son diferentes?

La lectura de esta obra de Kafka invita a la reflexión profunda, a las preguntas incómodas, al análisis de la constante metáfora, a introducirnos en el absurdo… Entren, lean, y saquen sus propias conclusiones.

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La agonía del cristianismo, de Miguel de Unamuno

El existencialismo unamuniano, como buen existencialismo, hunde sus raíces en su propia experiencia vital; desgarrada, a causa de la muerte de su hijo y desgarradora, la vida le decepciona una y otra vez alimentando sus inquietudes y tristezas.

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El centro de las inquietudes recogidas en esta obra es el cristianismo, y es en el cristianismo en el que Unamuno asienta la agonía de su fe, “producto de una desesperación íntima que él se dedicaba a superar a fuerza de voluntad”.

La agonía del cristianismo nace en su destierro parisino en 1923, tras su corta estancia en Fuerteventura. Sufría Unamuno “lo que podría sufrir Don Quijote cuando se vio paralizado por los hechizos de un encantador, encerrado en una jaula y lentamente arrastrado por unos bueyes a través del campo”, escribiría su amigo Cassou, quien le animó a escribir sobre sus preocupaciones e ideas. Y así surgió esta agonía que abriría en Unamuno nuevas fuentes de creatividad.

Es esta obra un puente espiritual entre lo español y lo francés, trascendiendo ambos para aunarlos en la unión espiritual del cristianismo; pero no pensada para un público español, ya que nuestro filósofo pensaba que este texto nunca llegaría a ojos patrios; a pesar de lo cual, el propio Unamuno reconoce que fue concebido como un libro europeo, en el que el “elemento español adquiere la resonancia universal que merece”.

Pero, ¿qué es la agonía del cristianismo? Es una lucha. La lucha misma, una lucha sin tregua, sin tregua y sin resolución, porque la vida de un verdadero cristiano es más vida cuanto más insoluble, porque la lucha es dinámica, es vital -podemos ver en esto algo que resonará en la voz de su San Manuel Bueno, mártir, publicado en 1931-.
Pero no hay sólo fe y religión en esta obra, también humanidad, sociedad e incluso hay lugar para la política. Unamuno mira a España desde su exilio y ve la situación política “lejos de los evangelios”; sumida en una falsa espiritualidad -¿qué pensaría don Miguel de nuestro actual estado nacional y sus políticos e “iglesia”?-.

Unamuno denuncia que los estados se apropien de las religiones y que las religiones de los estados. Porque la fe es personal e intransferible, y aunque sea compartida por muchos no es dominio de ninguno, ni representativa de una nación (“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” nos recuerda). Jesús fue un antipatriota, dice, por eso lo condenaron.

También toca don Miguel el tema de la mujer. Porque si dice el Antiguo Testamento que la mujer fue hecha de la costilla del hombre, el Nuevo Testamento, que es el libro de los cristianos, dice que fue una mujer la madre de Jesús, que fue una mujer quién siempre lo acompañó sin traicionarlo, que fue una mujer quién dio el mensaje de su resurrección y creyó en él sin necesidad de tocarlo. Que la fe como la sabiduría son palabras de género femenino. E incluso nos recuerda que en la mitología griega, donde el dios supremo, Zeus, padre de todos, es capaz de parir hijos, pare a Atenea desde su cabeza y es una mujer el símbolo de la sabiduría, el conocimiento y la justicia.

El cristianismo dejó de serlo verdaderamente desde el momento en que se politizó y se paganizó convirtiéndose en un Estado. E ahí el comienzo de la agonía del cristianismo y de los cristianos.

Poco a poco, en agonía, Unamuno ha ido analizando todo aquello que le sume en un estado agónico: la fe cristiana, el estado en el que se encuentra España, él mismo, y no se olvida de su origen: el ser vasco. Según él, “yo, que soy vasco, lo que es ser más español todavía”, se debate entre todo lo que le marca, porque es todo lo que le construye, es todo lo que es: vasco, español, europeo y cristiano.

Y así, poco a poco, don Miguel, hijo de su época, hermano de los hijos de la generación del 98, reflexiona sobre lo humano y lo divino hecho humano. Reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre el estar y el no estar, sobre la creencia y la increencia, sobre la religión, sobre la patria y el Estado (que no son la misma cosa aunque pueda parecerlo), sobre el dolor -su dolor-, pero siempre desde sí, desde -como dice nuestro Ortega- su perspectiva, porque eso es lo que todos somos, nuestra propia perspectiva del mundo.
Porque si bien es cierto, pese a todos los intentos, ni Europa nos ha europeizado ni nosotros la hemos españolizado; y así seguimos, en una lucha constante, en una agonía constante que no tiene fin.

“Escribo estas líneas, digo, lejos de mi España, mi madre y mi hija -sí, mi hija, porque yo soy uno de sus padres-, y las escribo mientras mi España agoniza, a la vez que agoniza en ella el cristianismo. Quiso propagar el catolicismo a espada; proclamó la cruzada, y a espada va a morir. Y a espada envenenada. Y la agonía de mi España es la agonía de mi cristianismo. Y la agonía de mi quijotismo es también la agonía de Don Quijote.
(…) y mi España agoniza y va acaso a morir en la cruz de la espada y con efusión de sangre… ¿redentora también? Y a ver si con la sangre se va el veneno de ella.
Mas el Cristo no sólo derramó sangre en la cruz, la sangre que, bautizando a Longinos, el soldado ciego, le hizo creer, sino que sudó “como goterones de sangre” –ósei zpóboi aímatos- en su agonía del monte de los Olivos. Y aquellas como gotas de sangre eran simientes de agonía, eran las simientes de la agonía del cristianismo. Entre tanto gemía el Cristo: “Hágase tu voluntad y no la mía”.
¡Cristo nuestro, Cristo nuestro!, ¿por qué nos has abandonado?”

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San Manuel Bueno, mártir, de Miguel de Unamuno

Manuel Bueno es el párroco de Valverde de Lucerna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y con un lago. Montaña y lago, dos protagonistas más de esta obra de Unamuno -porque no sólo don Manuel, Ángela y Lázaro protagonizan la historia de la que vamos a hablar-.

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Esta pequeña -gran- obra de don Miguel relata la lucha entre la fe y la duda, entre el creer y el dolor de no creer; es una lucha de la existencia contra sí misma. Una lucha que muchos podemos hacer propia, porque no sólo don Manuel convive con sus propios demonios.

San Manuel Bueno, mártir trata, en la figura del principal protagonista, muchas de las preocupaciones espirituales del filósofo y nos interpela, casi sin que nos demos cuenta, para que nosotros también nos planteemos las nuestras.

¿Nos reflejamos en don Manuel? ¿En Lázaro? ¿En Ángela? ¿En el pobre de Blasillo el bobo?

La obra (re)presenta dos de los grandes fundamentos del existencialismo: la vida y la duda. Pero a diferencia de otros existencialistas, aunque Unamuno presenta la vida como algo a lo que nos han arrojado (con Calderón de la Barca nos recuerda: “el delito mayor del hombre es haber nacido”) es también como una celebración que debe alejarnos del deseo de abandonar este mundo en el que no elegimos estar, al menos esa va a ser la filosofía de don Manuel.

En una boda dijo una vez: ¡Ay, si pudiese cambiar el agua toda de nuestro lago en vino, en un vinillo que por mucho que de él se bebiera alegrara siempre, sin emborrachar nunca…, o por lo menos con una borrachera alegre…!-Lo primero- decía- es que el pueblo esté contento, que estén todos contentos de vivir. El contentamiento de vivir es lo primero en todo. Nadie debe querer morirse hasta que Dios quiera.
(…)

Como en la obra de Kierkegaard, vemos en esta obra de nuestro dubitativo filósofo una imagen clara de su enraizamiento cristiano: la fe no puede estar en lucha con la alegría porque la alegría es el fondo de la cuestión vital (también es fondo de la cuestión religiosa, son muchos los santos y padres de la iglesia que han subrayado la importancia de la alegría en el cristiano, muy a pesar, muchas veces de la propia Iglesia).

Una vez pasó por el pueblo una banda de pobres titiriteros. El jefe de ella, que llegó con la mujer gravemente enferma y embarazada, y con tres hijos que le ayudaban, hacía de payaso. Mientras él estaba en la plaza del pueblo, haciendo reír a los niños y aun a los grandes, ella, sintiéndose de pronto gravemente indispuesta, se tuvo que retirar y se retiró escoltada por una mirada de congoja del payaso y una risotada de los niños. Y escoltada por don Manuel, que luego, en un rincón de la cuadra de la posada, le ayudó a bien morir. Y cuando, acabada la fiesta, supo el pueblo y supo el payaso la tragedia, fuéronse todos a la posada, y el pobre hombre, diciendo con llanto en la voz: “Bien se dice, señor cura, que es usted todo un santo”, se acercó a éste, queriendo tomarle la mano para besársela; pero don Manuel se adelantó y, tomándosela al payaso, pronunció ante todos:
-El santo eres tú, honrado payaso; te vi trabajar, y comprendí que no sólo lo haces para dar pan a tus hijos, sino para dar alegría a los de los otros (…).

Unamuno, a su forma, nos plantea un problema, una cuestión vital: ¿qué hacer cuando no se hallan motivos para la alegría? ¿Qué hacer cuando todo se presenta bajo la inquietante forma de la duda? ¿Qué hacer cuando todo aquello en lo que crees se hunde en un abismo negro y no logras rescatarlo? ¿Qué hacer para dar a los demás lo que necesitan cuándo no lo encuentras en ti?

San Manuel Bueno es la respuesta (la que don Miguel nos ofrece). Reír, vivir y ayudar a reír y a vivir a los demás; esconder el dolor y la duda bajo la máscara, porque al final tanto el dolor como la duda se curan: “Sí, al fin se cura el sueño…, y al fin se cura la vida…, al fin se acaba la cruz del nacimiento… Y como dijo Calderón, el hacer bien, y el engañar bien, ni aun en sueños se pierde…”.

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Hijos de la Ira, de Dámaso Alonso

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El autor define el libro como “un libro de protesta escrito cuando en España nadie protestaba. Es un libro de protesta y de indignación”. Protesta contra todo. Indignación contra todo, y desilusión. Sobre todo, mucha desilusión. Dámaso Alonso, de la  generación del 27,  no imaginaba que el mundo, y su mundo, marcharían por los caminos que marcharon en aquel siglo XX: Primera Guerra Mundial, Segunda Guerra mundial, marchas obreras, revoluciones, dictadura de Primo de Rivera,  Segunda República,  Guerra Civil, dictadura franquista,…

Y el poeta sólo tiene clara una idea: eso no es lo que él esperaba de la historia, de la vida, de los hombres. Él, que se ha codeado con Lorca, Alberti, Altolaguirre, Cernuda, y otros tantos para honrar a Góngora. Él, que vive para el arte y la lengua, que vive para la humanidad, no entiende nada y, lo peor, no se entiende a sí mismo.

Yo

Mi portento inmediato,

mi frenñetica pasión de cada día,

mi flor, mi ágel de cada instante,

aun como el pan caliente con olor de tu horanda,

aun sumergido en las aguas de Dios,

y en los aires azules del día original del mundo:

dime, dulce amor mío,

dime, presencia incógnita,

45 años de misteriosa compañía,

¿aún no son suficientes

para entregarte, para desvelarte

a tu amigo, a tu hermano,

a tu triste doble?

¡No, no! Dime, alacrán, necrófago,

cadáver que se me está pudriendo encima

desde hace 45 años,

hiena crepuscular,

fétida hidra de 800.000 cabezas,

¿por qué siempre me muestras sólo una cara?

Siempre a cada segundo una cara distinta,

unos ojos crueles,

los ojso de un desconocido,

que me miran sin comrepnder

(con ese odio del desconocido)

y pasan:

a cada segundo.

Son tus cabezas hediondas, tus cabezas crueles,

oh hidra violácea.

Hace 45 años que te odio,

que te escupo, que te maldigo,

pero no sé a quiénmaldigo,

a quién odio, a quién escupo.

Dulce,

dulce amor mío incógnito,

45 años hace ya

que te amo.

Hijos de la Ira es una lucha humanamente poética contra todo aquello que nos rodea, contra todo lo que nos es reconocible en nuestro entorno, pues sólo desde ese entorno podemos llegar a luchas superiores. Pero no es sólo una protesta sociopolítica, es una protesta literaria. Es la poesía contra “a lo Garcilaso”, contra la norma, contra lo meramente estético, contra la España clásica que se tejía tradicionalista en aquellos momentos. Quiere “mover el corazón y la inteligencia de los hombres” con la poesía, porque también la poesía puede mover conciencias.

La injusticia

¿De qué sima te yergues, sombra negra?

¿Qué buscas?

(…)

Podrás herir la carne

y aun retorcer el alma como un lienzo:

no apagarás la brasa del gran amor que fulge

dentro del corazón,

bestia maldita.

Podrás herir la carne.

No morderás micorazón,

madre del odio.

Nunca en mi corazón,

reina del mundo.

El poeta publica su Hijos de la Ira en 1944, con toda la experiencia vital acumulada hasta ese momento y con sentimientos encontrados, a veces incluso demasiado contradictorios: existencialista unas veces, nihilista otras, pero en todo momento personal e íntimo. Porque Hijos de la Ira está “lleno de asco ante la estéril injusticia del mundo y la total desilusión de ser hombres”.

Dámaso Alonso, como Kierkegaard o Sartre pero al estilo de Zambrano, escribe impotente como testigo de la crisis mundial. Tras la guerra se siente un desarraigado. “El mundo nos es un caos y una angustia, y la poesía una frenética búsqueda de ordenación y de ancla”.

Leído Hijos de la Ira ante nuestra actual situación de crisis mundial: económica, política, social, de valores, de sentido común, de educación, de cultura,… Crisis profunda y múltiple al fin y al cabo; se muestra Alonso como un profeta del presente que nos habla desde el pasado, desde nuestro pasado, cuya poesía nos ayuda, a algunos, a pensar que no estamos solos, y que hay, en el mundo, más soledades que se preguntan ¿Por qué esto? y ¿Qué puedo hacer?

Dedicatoria final (las alas)

…Y he seguido el sueño que tenía.

Me he visto vacilante,

cual si pesaran sobre mí

80 kilos de miseria orgánica,

cual si fuera a caer

a través de planetas y luceros,

desde la altura

vertiginosa.

…¡Voy a caer!

Pero el Padre me ha dicho:

<<Vas a caerte,

abre las alas>>.

¿Qué alas?

(…)

Y eran

aquellas alas vuestros dos amores,

vuestros amores, mujer, madre.

Oh vosotras las dos mujeres de mi vida,

seguidme dando siempre vuestro amor,

seguidme sosteniendo,

para que no me caiga,

para que no me hunda en la noche,

para que no me manche,

para que tenga el valor que me falta para seguir viviendo,

para que no me detenga voluntariamente en mi camino,

para que cuando mi Dios quiera gane la inmortalidad a través de la muerte,

para que Dios me ame,

para que mi gran Dios me reciba en sus brazos,

para que duerma en su recuerdo.

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La mujer rota, de Simone de Beauvoir

Me siento solidaria de las mujeres que han asumido su vida y que luchan por lograr sus objetivos; pero eso no me impide -al contrario- interesarme por aquellas que, de un modo u otro, han fracasado, y por esa parte de fracaso que hay en toda existencia”.

Simone de Beauvoir

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En los relatos que componen esta obra, La edad de la discreción, Monólogo y La mujer rota, las vidas de  tres mujeres se debaten entre la edad, la soledad y la agonía del amor, como representación de los fracasos que el destino depara. 

Tres mujeres víctimas de las relaciones con sus parejas, pero unas víctimas que no siempre son conscientes de esta condición o que se descubren como tales de un modo inesperado. El amor las conduce a una actitud abnegada que desemboca tarde o temprano en la insatisfacción y en el aislamiento.

- La primera de estas historias, La edad de la discreción, cuenta la historia de una mujer que se da cuenta de que ya no ama ni entiende a su marido, que su largo matrimonio no tiene ya ningún sentido, que se ha pasado toda su vida entregada a una institución socialmente impuesta para presumir de tener una vida ordenada y envidiable, pero que a ella la ha sumido en una fría realidad que ha terminado por anularla hasta dejarla casi como una muerta viviente.

- La segunda narración, Monólogo, será el soliloquio de una atormentada madre que, mientras maldice desde su apartamento a un París que la repugna hasta la médula, recuerda a su hija muerta de forma trágica, y le echa en cara cosas, se echa ella misma en cara cosas, y echa al mundo en cara cosas… Todo le da asco. Nada es soportable, y lo peor es que ella misma no  es soportable para ella misma. Y el mundo es tan feo, oscuro y desagradable. ¿Cómo puede seguir viviendo si su hija está muerta?

- La tercera narración, que además da título al libro, La mujer rota, está protagonizada por una mujer a la que su marido deja por otra, y que en la línea de la primera historia, llega a la conclusión, exhibiendo sus pensamientos al lector, que consagrarse a ese traidor fue un error.

Con estas tres narraciones la conocida filósofa francesa nos invita a reflexionar sobre las normas y los actos políticamente correctos que las mujeres deben cumplir para encajar en el rol social para el que supuestamente han nacido, pero que no siempre es el que desean. ¿Cómo sigue viviendo en ese rol alguien que descubre la mentira que es? ¿Cómo sigue viviendo ese rol alguien que descubre que no sirve para el mismo? Y lo que es peor, ¿cómo se vive cuando el que crees tu mundo se desmorona y lo único que se presenta es la convención social o la soledad ante lo desconocido?

Enfrentarse al mundo siempre es complejo, pero si además se hace desde fuera de la convención se hace muy duro.

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Cuánta tierra necesita un hombre, de León Tolstoi

En pocas páginas León Tolstoi se pregunta una y otra vez ¿Cuánta tierra necesita un hombre?

En la figura de Pajom, protagonista de esta pequeña historia, Tolstoi refleja todo el egoísmo y la avaricia que puede almacenar el ser humano.

Al principio es un pequeño propietario. Se hace con un poco más de tierra, luego quiere más, y luego más, y más, y más… ¿para qué?

Cuánta tierra necesita un hombre es una reflexión en torno a la idea de que almacenar posesiones materiales no te hace feliz, no te da más de nada,… y, por el contrario, te lo puede quitar todo.

¿Hasta que punto el ser humano está dispuesto a apostarlo todo por, simplemente, tener un poco más?

Lectura recomendada.

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Por si os pican las ganas de leer, os dejo un enlace directo al texto en pdf colgado en la biblioteca digital de la facultad de filosofía de la UNAM.

Sólo teneis que pinchar sobre el título de la obra, en la línea inferior.

Cuánta tierra necesita un hombre, de León Tolstoi

Hildegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y la fe.

“En el año 1178 una ya no muy vigorosa anciana benedictina se había puesto manos a la obra en el cementerio de la abadía de Rupertsberg del Rin: con su báculo de abadesa allanó una tumba reciente y se ocupó con sumo cuidado de que los contornos de la misma fueran irreconocibles, que ya no pudo saberse cuál había sido el lugar de enterramiento. Acto seguido emprendió trabajosamente el camino de regreso a su monasterio y se sometió al castigo de la autoridad episcopal”

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¿Qué había ocurrido para que Hildegarda de Bingen se comportara así, desobedeciendo a la autoridad eclesiástica?

Si queréis saberlo tendréis que leer la maravillosa biografía escrita por Christian Feldmann, más de 300 páginas para conocer a una mujer desconocida.

Filósofa, boticaria, compositora, escritora, investigadora y rebelde mujer alemana del siglo XII.

Escuché hablar de ella por primera vez cuando cursaba Historia de la Filosofía Medieval con José María Prieto Soler,  después la dejé un poco en el olvido hasta que regalaron esta biografía que subraya el espíritu revolucionario y rebelde de alguien que buscaba la verdad y no le temía al poder.

Porque, aunque no lo parezca, la Edad Media no fue sólo época de oscuridad.

Feldmann comienza introduciendo su investigación con una anécdota que subraya, como he mencionado en el párrafo anterior, su espíritu rebelde.  Y en cada capítulo del libro va desgranando cada una de las caras de la personalidad de Hildegarda, sin olvidar el marco en el que se desarrolla toda su vida, el siglo XII.

Para que os hagáis una ligera idea, estos son algunos de los capítulos de la obra y un poco de los temas que se tratan para conozcáis a esta mujer:

- El siglo XII. Revolución cultural en la Edad Media: capítulo introductorio a la época. Tiempo convulsionado por los cambios, en que reinaba el miedo y la esperanza. Las cruzadas, el III Concilio Laterano, Pedro Abelardo y Eloísa, la poesía trovadoresca y el amor cortés, Canterbury y Notre-Dame,…

- La salvación del misterio: el segundo capítulo narra sus primeros sueños y visiones, su mensaje del necesario regreso a la pobreza originaria de Jesús y su mensaje de amor.

También se narra su infancia, una infancia que marcará, como a todos, el resto de su vida.

- Fuerza y debilidad de una abadesa. Interesantísimo capítulo en el que describe a una Hildegarda luchadora y sin miedos, enfrentándose a las órdenes masculinas para construir un monasterio independiente y diferente, en el que poder desarrollar todas las virtudes de sus monjas, que por ser mujeres eran vetadas en los círculos intelectuales y científicos de la Edad Media.

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- Médica y farmacéutica carismática. Como mujer inquieta no se conformó con ser una simple ayudante de médicos y boticarios sino que ella misma se sintió inclinada a estudiar las ciencias de la salud y la naturaleza, experimentando, leyendo y plantando personalmente las hierbas necesarias para los medicamentos; también se comentan algunas leyendas que nacieron alrededor de su figura, pues algunos la creían una milagrera.

- Fiel a la tierra y llena de nostalgia por el cielo. Hildegarda es todo lo contrario a un filósofo existencialista. El mundo es un lugar de regocijo y disfrute, es una obra maestra que está por descubrir, hasta cierto punto es un poco pre-nietzscheana; aunque les diferencian los motivos de su decir Sí a la vida. Hay que decir sí al mundo, amarlo, no estamos solos, están los demás hombres y mujeres. El mundo se creó para que disfrutemos de él.

Interesante también su punto de vista sobre la sexualidad, en un breve apartado llamado por el autor ‘El milagro de la sexualidad’. Teniendo en cuenta que nuestra filósofa es una monja del siglo XII, sus ideas son modernas: el acto sexual no puede ser pecaminoso si da a los humanos el poder de la eternidad. Su discurso en este campo se dirigía, sobre todo, contra los cátaros y contra todos aquellos que intentaban satanizar los actos más naturales e instintivos de los hombres y mujeres del Medievo.

- El gran amor de Dios: un puñado de barro. Una Hildegarda ya sexagenaria tiene que enfrentarse a nuevos problemas tanto dentro como fuera de su monasterio. Vuelven sus visiones y escribe el Libro de los méritos de la vida, obra compuesta por diálogos entre las virtudes y los pecados, entre el bien y el mal. Curioso es que catalogue como vicios humanos la tristeza, la desesperación y la infelicidad: dejarse vencer es lo fácil.

- Mujer fuerte en una iglesia de hombres. Pareciendo casi imposible, una enferma y anciana Hildegarda decide ir a predicar como hacían los monjes y sacerdotes. Predica por los caminos y allí donde se lo permiten: “Los maestros y los prelados han abandonado la justicia de Dios y duermen…” o ” Vosotros sois la noche que exhala la oscuridad, sin consideración alguna por la verdadera Iglesia. Y a causa de vuestras repugnantes riqueza y avaricia además de otra vanidades no sois capaces de instruir a vuestros siervos (…) Por ello desaparecerá vuestro honor y se os caerá la corona de la cabeza“.

También es de reseñar su mensaje en torno a la libertad, la igualdad y la fraternidad de los sexos en la sociedad… un mensaje que no pudo ser determinante para la historia de la Iglesia al ser ocultado.

Hildegarda no es capaz “de rezar  por la paz en el interior de su celda monástica y luego pasar por alto el sonido de las armas en la calle o no ver los charcos de sangre“.

- Una malograda doctora de la Iglesia. Octogenaria ya escribe todo lo que puede sobre sus conocimientos y sus experiencias, ayudada por algunos asistentes. Obra que ha permanecido oculta e ignorada durante siglos.  En 1904 se crea, en el antiguo monasterio en el que había sido abadesa, un grupo de investigación en torno a su figura formado por un grupo de monjas benedictinas, y en 1979 se pidió desde la Federación de Mujeres Católicas su nombramiento como Doctora de la Iglesia, título que sólo tiene dos mujeres: Catalina de Siena y Teresa de Ávila. En 1987 se respondió a esta petición con un no.

Una biografía apasionante que muestra a una persona diferente, a una mujer diferente. Una luz pequeña en la época, eso dicen,  menos luminosa de la humanidad.

Museum - Hildegard von Bingen

En 2012, Benedicto XVI, la nombra Doctora de la Iglesia.

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Hldegarda de Bingen. Una vida entre la genialidad y la fe, Christian Feldmann. Barcelona. Herder. 2008.

Cartas a Friedrich Nietzsche. Diarios y otros testimonios.

Trotta presentó hace unos meses un epistolario muy particular y de gran importancia, en el que se dan cita Cosima Wagner y Friedrich Nietzsche.

Cartas a Nietzsche

Un filósofo (Nietzsche), dos músicos (Wagner y Liszt) y una mujer singular (Cosima Wagner) el centro de la relación entre los personajes anteriores.

Y es que, como explica Luis Enrique de Santiago Guervós en el estudio introductorio de estas Cartas a Friedrich Nietzsche. Diarios y otros testimonios, uno de los episodios más enigmáticos de la vida de este autor estuvo protagonizado por su relación con Cosima Wagner.

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Testigo de tan curioso vínculo es esta correspondencia, que recoge también, el rastro que Nietzsche dejó en los diarios de la que fuera esposa de Richard Wagner (e hija ilegítima de Franz Liszt).

Elisabeth Nietzsche dejaba constancia de esta singular relación en una de las biografías que redactó sobre su hermano Friedrich:

Wagner, Cosima y mi hermano comenzaron a hablar de la tragedia de la vida humana, de los griegos, de los alemanes, de planes y aspiraciones. Nunca, ni antes ni después, he vuelto a encontrar en la conversación de tres personas tan diferentes una armonía tan maravillosa como esta; cada uno tenía sus propias notas, su propio tema, y lo acentuaba con todas sus fuerzas, y ¡qué armonía tan maravillosa! Cada una de estas naturalezas singulares estaba en las alturas, iluminaba en su propio resplandor, y ¡ninguno hacía sombra al otro!

Por desgracia, se perdieron la mayor parte de las misivas que Nietzsche dirigió a Cosima, se supone que destruidas por la hija de esta, aunque esta obra permite imaginar el cariz de las cartas que el filósofo dirigía a la señora Wagner… Su cercanía. Cosima podría haberse interesado por Nietzsche a causa de su potencial utilidad para el proyecto wagneriano. Un proyecto que, no terminaba en la música sino que, más bien, comenzaba con ella.

Tras la redacción de la monumental obra El nacimiento de la tragedia, el joven Friedrich confesaba a Wagner:

Ojalá que mi escrito corresponda al menos en algún grado a la simpatía que, desde su génesis hasta ahora, para mi sonrojo, ha tenido por mí. Y si yo mismo pienso tener razón en las cuestiones principales, eso significa sólo que usted con su arte debe tener razón por toda la eternidad. En cada página encontrará que sólo intento agradecerle todo lo que me ha dado

Un documento que nos permite ver la evolución que unió y, posteriormente, separó a Nietzsche y Wagner, teniendo como hilo conductor a Cosima Wagner.

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Cartas a Friedrich Nietzsche.  Diarios y otros testimonios.

Autora Cosima Wagner.

Editorial Trotta, 2013.

Edición y traducción de Luis Enrique de Santiago Guervós.

Historia de las mujeres filósofas

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Yo, Hiparquia, no seguí las costumbres del sexo femenino,

sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros.

No me gustó el manto sujeto con la fíbula,

ni el pie calzado y mi cinta se olvidó del perfume.

Voy descalza, con un bastón, un vestido me cubre los miembros

y tengo la dura tierra en vez de un lecho.

Soy dueña de mi vida para saber tanto

y más que las ménades para cazar.

A las mujeres,

epigrama de Antípatro dedicado a Hiparquia (s.II a.C.)

Antología, libro III.

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Gilles Ménage fue un gramático y escritor francés, estudioso de la filosofía y las lenguas clásicas, que se interesó por la aportación de las mujeres a la literatura y la filosofía. De este interés nació esta poco conocida obra,  Historia mulierum philosopharum, que data de 1690, y que fue ampliada hasta 1692, año de la muerte del autor.

 

En su índice encontramos una serie de pensadoras, unas más conocidas y otras menos, organizadas por escuelas.

-Filósofas de escuela incierta: Hipo, Aristoclea, Cleobulina, Aspasia, Diotima, Beronice, Pánfila, Clea, Eurídice, Julia Domna, Miro, Sosipatra, Antusa, Aganice, Eudocia (Atenaida), Santa catalina, Ana Comnena, Eudocia (esposa de Constantino Paleólogo), Panipersebata, Novella y Eloísa.

-Platónicas: Lastenia, Axiotea, Arria, Gemina (madre), Gemina (hija), Anfilia e Hipatia.

-Académicas: Cerellia

-Dialécticas: Argia, Teognida, Artemisia y Pantaclea.

-Cirenaicas: Arete

-Megáricas: Nicarete

-Cínicas: Hiparquia

-Peripatéticas: Teodora

-Epicúreas: Temista, Leoncio, Teófila (ver estoicas)

-Estoicas: Porcia, Arria (madre), Arria (hija), Fania y Teófila (ver epicúreas)

-Pitagóricas: Temistoclea, Teano (esposa de Pitágoras), Mia, Arignota, Damo, Sara, Timica, Filtis, Ocelo, Ecelo, Quilónide, Teano, Mia, Lastenia, Habotelia, Equecratia Tirsenis, Pisirrode, Nesteadusa, Boio, Babelima, Cleecma, Fintis, Perictione, Melisa, Ródope, Ptolemaide.

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Historia de las mujeres filósofas es un libro sin precedentes sobre las pensadoras de la Antigüedad. Parecido a una enciclopedia en esta obra se da cuenta de quiénes fueron y qué dijeron. Este libro devuelve la palabra a 65 mujeres que hoy difícilmente encontramos en algún libro. “Es que los filósofos han preferido olvidarlas, tal vez después de haberse apropiado de sus ideas” escribe Umberto Eco, que dice haber hojeado hasta tres enciclopedias sin haber encontrado nada de ellas, con excepción de Hipatia y algo de Eloísa.

 

¿Quiénes son estas mujeres evocadas por Ménage? ¿Cuál fue el criterio de Ménage para incluir o no un nombre en su lista de mujeres filósofas?  El escrito, ciertamente, no nos revela demasiado, pero si pensamos que es un intento de documentación hecho en el siglo XVII este incierto y pequeño diccionario de mujeres pesadoras es todo un logro.

Tras una atenta lectura del libro podemos observar que cada uno de los nombres citados  son nombres que  fueron alguna vez citados bajo el adjetivo de «filósofa» o incluido en alguna lista de filósofos; que las mujeres nombradas fueron familiares, discípulas o amigas de algún hombre sabio o filósofo; o bien que participaron  en alguna actividad vinculada a la filosofía. Con estos filtros Ménage encontró sesenta y cinco mujeres que podían ser denominadas filósofas y elaboró una relación descriptiva.

 

Ménage se apoya siempre en los textos clásicos que usa de fuente. Si se ha leído a Diógenes Laercio, autor de las Vidas de los filósofos ilustres, se reconocerá el estilo: anécdotas, recopilación de hechos, autores y citas, poca profundidad de análisis, etc. También podemos observar algo de influencia del Mulierum virtutes de Plutarco.

 

En la edición de la editorial Herder la obra viene precedida de una introducción muy interesante y más o menos completa de quién fue Gilles Ménage y cuáles fueron sus relaciones y aficiones; su amistad con Madame de Sévigné, Madame de La Rochefoucauld y Madame de La Fayette, asiduas a los cafés literarios femeninos y estudiosas, a pesar de los impedimentos de la época, quizás fueron un motivo o una inspiración para su estudio.

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Historia de las mujeres filósofas, Gilles Ménage. Editorial Herder.

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